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A pocos directores españoles se les permite hacer lo que les da la real gana, por eso Álex de la Iglesia es uno de los privilegiados. Este vasco que nació un 4 de diciembre de 1965 en Bilbao ha tocado, con sus 49 años, prácticamente todos los aspectos de la difícil profesión que es la de hacer cine, y ha salido victorioso en casi todos ellos.

Pero empecemos desde el principio, sus comienzos, que no pudieron estar mejor encaminados, pues su primer trabajo en el mundo del séptimo arte fue bajo las órdenes de Pablo Berger, el señor conocido por la inigualable Blancanieves hasta que dirigió el horripilante anuncio de la Lotería protagonizado por lo más casposo del país; para el que hacía la función de Director de Arte, lo típico para lo que se prepara un estudiante de Filosofía. (Exacto, no estudió Audiovisuales, demostración de que hay cosas con las que se nacen, no se hacen).

Álex de la Iglesia

Pero ahí no termina todo, pues otro director le estaba observando y tras su primer cortometraje, Mirindas Asesinas (1991), Pedro Almodóvar y su productora El Deseo, le financiaron su primer largometraje, Acción Mutante (1993). No obstante, su momento llegaría dos años más tarde con su, ya clásico del cine contemporáneo, El Día de la Bestia, que protagonizaron dos de sus grandes amigos y una de sus grandes musas, el fallecido Álex Angulo, Santiago Segura y Terele Pávez. Con seis premios Goya bajo el brazo De la Iglesia convirtió a Segura en un ídolo de masas, rescató a Pávez de la oscuridad y nos regaló el talento de Angulo.

Y aquí empezó el fenómeno, el director ya estaba en la cima y nunca se ha planteado desaprovechar las oportunidades, por eso a lo largo de su extensa carrera De la Iglesia ha ido bailando de un género a otro, entre el terror, el cine fantástico o la comedia pura y dura, aunque siempre hay un toque de esta en todo lo que hace. Ha trabajado con nombres tan grandes como los de Carmen Maura, Javier Bardem, James Gandolfini (Perita Durango), Elijah Wood o John Hurt, entre muchos otros, pero siempre ha mantenido a sus favoritos, decisión que también le honra.

Y en 2010 llegaría la que, en mi humilde opinión, es su gran obra maestra, Balada triste de trompeta. Repleta de cameos y autoreferencias a sus propios trabajos, De la Iglesia se adentra en la Guerra Civil, y en la terrible dictadura que vino después, desde un punto de vista grotesco y salvaje que hace la delicia de cualquier aficionado a su gran cine. Incomprensiblemente sólo se llevó dos de los quince Goyas a los que estaba nominada, pero la Mostra de Venecia supo apreciar la joya que le presentaban otorgándole el León de Plata a la dirección en su 67º edición. Y una vez más, al margen de su trabajo técnico, el bilbaíno nos volvió a regalar a otro de los grandes de nuestro tiempo, Antonio de la Torre, que vio como su talento empezaba a cuadrar con los papeles que le proponían.

En 2011 llegó La chispa de la vida, su gran dramón con José Mota y Salma Hayek que aunque gustó a la gran mayoría del público, dejó con ganas de más a sus fans más aférrimos, para los que rodó Las brujas de Zugarramurdi, gamberra y bestia como siempre aunque demasiado fuera de tono, para mi gusto claro.

Álex de la Iglesia

No obstante, de la Iglesia no ha extendido su alargada sombra únicamente en la dirección de cine, sino que también sobresale como productor, descubriendo a grandes talentos, que como todos, busca su oportunidad. Por este camino ha ido su carrera actualmente con el estreno de Hijos del mal, cinta que vuelve a poner en el punto de mira al bilbaíno antes de su nuevo y gran estreno junto a Mario Casas y el cantante Raphael, Mi gran noche, que llegará a las salas el próximo 23 de octubre.

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