Con el cansancio teniendo cada vez más presencia pero con suiciente cafeína para despertar a un elefante, volví una vez más al espectacular Teatro Victoria Eugenia para la sesión matutina, con bastantes esperanzas puestas en la siguiente proyección. La animación es un género bastante infravalorado en la mayoría de los festivales cinematográficos, pero si ya han conseguido que los documentales se valoren como una forma más de cine, ¿por qué cuesta tanto con la animación?

Bakemono no ko, de Momonu Hosoda, es la primera película en los 63 años del Festival de San Sebastián que se presenta en competición en la sección oficial. Hosoda ya estaba destacando como cineasta después de películas como Summer Wars y La chica que saltaba a través del tiempo y en Bakemono se h reafirmado. Con una presentación espectacular, The Boy and the beast (nombre inglés de la película) nos presenta un mundo habitado por monstruos, paralelo al mundo humano y un aspirante a gran maestro, terco, vago y malhumorado, que adopta a regañadientes a un huérfano humano para entrenarlo como su aprendiz.

bakemono no ko posterSi bien, el ritmo y duración de la película sugiere que una miniserie hubiera sido un mejor formato para contar la historia, disfruté como un niño de ella. Es raro encontrarse en este tipo de festivales con un historia de aventuras y que, aunque guarde un mensaje acerca de la familia y la superación, sea pura y dura diversión. En cuanto a la calidad de la animación, los personajes a veces pecan de pocos definidos pero los ecenarios y efectos digitales (especialmente la ballena del tramo final) son muy detallistas. En definitiva una buena película para disfrutar pequeños y mayores.

Después de la proyección tuve que correr para poder ver medianamente cerca a Tom Hiddleston, Sienna Miller y Luke Evans, protagonistas de la extraña High Rise. Como esperaba de una película como esa, la rueda de prensa no fue tampoco la más acertada. La gran mayoría de las preguntas orbitaron alrededor del libro de Ballard, sobre el que está basada, y el resto, al amable Hiddleston.

A medio día sacamos entradas para poder ver una película de Horizontes Latinos, una sección dedicada a dar a conocer y fomentar el cine latinoamericano, en nuestro caso, la ópera prima del actor Salvador del Solar, Magallanes. La película nos cuenta la historia de un ex militar que trabaja como taxista limeño, que un día en una carrera viaja con un mujer a la cual vejaron y abusaron durante los peores días en la lucia contra el terrorismo en Ayacucho. Dese ese momento y consumido por la culpa, Magallanes intentará redimir sus pecados con aquella joven.

Con la enorme figura del cine peruano y amigo personal del director, Christian Meier apoyando la película, ésta cuenta una historia de culpa y redención en la ciudad limeña. Después de haber estado físicamente allí, he de decir que Salvador consigue hacer un retrato de la capital peruana captando a la perfección de esa Lima de los limeños, no de los turistas. También uno de los puntos más fuertes es su uso de las sutilezas y de la imaginación para conseguir retraernos al pasado sin hacer uso de ningun recurso narrativo obvio, como los flashbacks para ello, simplemente sugiriendo. En ese sentido, la actriz Magaly Solier brilla con luz propia, con una mirada que lo dice todo y un discurso final que, a pesar de ser dicho completamente en quechua sin subtitular, pone los pelos de punta.

El Rey de la Habana - Alfombra roja San Sebastian

Con buenos ánimos después de esas dos buenas películas, entramos al Teatro Principal para ver lo último de Agustí Villaronga, El Rey de la Habana. Con una introducción exagerada hasta el punto que provocó risas en el público, la película nos presenta a Reynaldo, un niño huérfano que huye del correcional para vivir en la Habana, durante los peores años del periodo Especial Cubano. Una suerte de Huckleberry Finn vulgar y sin ese atisbo de romanticimo, Rey se relacionará con lo peor de la sociedad habanera y se intentará abrir paso como pueda.

Aunque la idea de la película no es del todo mala, la historia, ni los personajes, avanzan lo más mínimo en las dos horas que dura. La ambientación no consigue otra cosa que provocar rechazo, asco y es gratuitamente soez. Villaronga se recrea constantemente en la mugre y la pobeza, presentando una sucesión de escenas completamente prescindibles, solo para demostrar lo mal que se vivía en esa época sin aportar absolutamente nada. Si algo bueno cabe destacar de la película es la sobresaliente actuación de Héctor Medina en el papel del travesti Yunisleidi, pero todo lo demás es para olvidar lo antes posible.

Con un muy mal sabor de boca, volvimos al hostal para intentar cargar pilas.

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