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El nacimiento de una leyenda

Alfred Hitchcock nació en Londres en 1899 y desde muy joven mostró un gran interés por el cine y por uno de sus géneros, que se convertiría en el favorito del director: el suspense. El que fue (y sigue siendo) uno de los más grandes directores del siglo XX, desarrolló las técnicas del cine de suspense que, durante muchos años, se imitarían hasta la saciedad y es que, Hitchcock, es la personificación de este subgénero del séptimo arte. Un subgénero que el director empapaba con cierto halo de terror, descubriendo la que es la mejor fórmula para cualquier película: mantener al espectador al borde de la butaca, regocijándose en sus propios gritos y en la tensión de una buena historia.

Se han escrito miles de páginas sobre el cine de Hitchcock, su estilo y su inmensa filmografía que abarca 59 películas y una serie de televisión (Alfred Hichcock presenta) que se mantuvo siete temporadas en antena.

Hitchcock

Empezó en el cine mudo, empezando a destacar y llamando la atención del público. De esta primera etapa en el cine de Hitchcock destaca El enemigo de las rubias (1927), una maravillosa cinta que marcaría los años posteriores en la carrera del director. Hitchcock sentía que sus siguientes películas no estaban a la altura de El enemigo de las rubias, creaban grandes expectativas y destacaban por su impecable técnica, pero carecían de la genialidad del maestro. Hitchcock nunca se sintió cómodo con su producción de esta época, a pesar de ser uno de los pioneros del cine sonoro en Gran Bretaña, hasta que llegó el éxito de Chantaje (1929), una de las imprescindibles del cine hitchcockiano.

Después de encadenar una serie de películas que brillan por su innovación y que irían marcando lo que llegaría más adelante, Hitchcock sorprendió con El hombre que sabía demasiado (1934), un rotundo éxito para el director y la llave que le abrió las puertas de Hollywood. Pero, en la filmografía del maestro del suspense, destaca Los treinta y nueve escalones (1935) que servirá de modelo para algunas de sus películas posteriores (Sabotage, Con la muerte en los talones) y que es otra de las mejores cintas del director.

El placer más anhelado por Hollywood

Alfred Hitchcock era el director que todos los estudios de Hollywood querían en su plantilla. Sus películas habían arrastrado a cientos de espectadores a las salas americanas y nadie quería perder a “la gallina de los huevos de oro”. Empezó su trayectoria americana trabajando para el productor David O. Selznick (Lo que el viento se llevó), uno de los hombres fuertes de la Era Dorada de Hollywood, que le encargó la dirección de Rebeca (1940) que fue un éxito rotundo y se llevó trece nominaciones a los premios Oscar (ganará por mejor película y por mejor fotografía). A Rebeca seguirán Sospecha (1941) o Sabotaje (1942), que anticipa lo que sería Con la muerte en los talones.

Hitchcock seguirá con La sombra de una duda (1943), de la que dirá que es su película favorita, o Náufragos (1944). Entre estas cintas, el director vuelve a Inglaterra para grabar dos cortometrajes a petición del Ministerio de Información británico y que formaron parte del aparato propagandístico de los británicos en la Segunda Guerra Mundial, aunque sin renuncia al estilo hitchcockiano. También será contratado como “consejero artístico” en un documental producido por el Ejército británico sobre el holocausto, Shoah. A su vuelta a Hollywood dirigirá Recuerda (1945), una exploración del psicoanálisis, cinta en la que trabajará con la primera “rubia hitchcockiana”, Ingrid Bergman.

Hitchcock

Tras una serie de películas entre las que destacan La soga (1948); la adaptación del clásico literario de Patricia Highsmith, Extraños en un tren (1951); la obra maestra La ventana indiscreta (1954); Atrapa a un ladrón (1955); o el remake de 1956 de su obra maestra El hombre que sabía demasiado, llegó Vértigo (1958) “una historia de amor de clima extraño”, según la definió el propio Hitchcock. Pero Vértigo, que ahora es considerada un clásico del cine, recibió numerosas críticas y una fría acogida por parte del público.

Pero el escaso éxito de Vértigo no acabó con Hitchcock que sorprendería a los espectadores y a la crítica con sus siguientes producciones, la Santísima Trinidad del cine hitchcockiano: Con la muerte en los talones (1959), Psicosis (1960) y Los pájaros (1963). Estas son, sin lugar a dudas, las mejores películas del director y el clímax absoluto de toda su carrera. En ellas se fusionan todos los elementos que Hitchcock venía desarrollando a lo largo de su filmografía y son las cintas que le consagraron como el Dios del suspense y como uno de los grandes genios de la historia del séptimo arte.

Hitchcock no consiguió superar el límite que había traspasado con sus tres obras maestras y las últimas películas de su carrera siempre quedarán eclipsadas por su trilogía magistral, aunque no por ello merecen ser olvidadas. Marnie, la ladrona (1964), Cortina rasgada (1966) o Frenesí (1972), son grandes películas del director que, a pesar de no estar a la altura de Con la muerte en los talones, Psicosis y Los pájaros, si que sobrepasan en calidad, técnica e imaginación a cualquier cinta de la época.

Las sombras del maestro

Como cualquier gran mente a lo largo de la historia de la humanidad, Alfred Hitchcock tenía sus propios demonios. Era un director que vivía obsesionado con obtener el visto bueno del público en todas y cada una de sus películas. Esa obsesión, seguramente, es lo que consiguió que sorprendiera al público con cada producción hasta alcanzar el clímax. No le importaban ni los críticos ni los productores, Alfred Hitchcock solo se debía a su público.

Hitchcock fue un director que le dio mucha importancia a la expresividad de los objetos en las películas. Creía que los objetos que veía el espectador eran igual o más importantes que los actores, de los que llegó a decir que había que tratarles como al ganado. Su carácter autoritario y su obsesión por la psicología y el control, le llevó a granjearse grandes críticas por parte de sus actores, como Tippi Hedren que llegó a decir que el director era un sádico. Hitchcock le lanzó a Hedren pájaros reales durante el rodaje de Los pájaros, algo que dejó traumatizada a la actriz. También gastaba bromas de mal gusto a sus actores que no les hacían ninguna gracia.

Hitchcock

Y como detrás de todo gran hombre hay una gran mujer, Hitchcock no habría sido nada sin su mujer, Alma Reville, que se convirtió en su apoyo incondicional y una de sus imprescindibles colaboradores. Sin Alma Reville puede que no hubiésemos conocido la genialidad de Alfred Hitchcock. El director siempre profesó una gran veneración hacia su mujer, a pesar de que algunas actrices (como Tippi Hedren) le acusaban de ser un pervertido.

El maestro del suspense, Alfred Hitchcock, revolucionó el cine y lo marcó para siempre con sus grandes revoluciones. Fue un director que siempre se preocupó por contentar al público, que aparece en todas sus películas y que utilizaba diferentes planos con rápidas sucesiones para alargar el tiempo de narración (la mítica ducha de Psicosis). Un hombre que adoraba sorprender al espectador, hasta el extremo de comprar todos los ejemplares del libro de Robert Bloch, en el que se basa Psicosis, para que nadie conociese el final antes de ver la película. Un director que mantenía una estricta dieta durante el rodaje de sus películas, 16 de ellas nominadas a los Oscar en 50 candidaturas sin que Hitchcock ganara ninguna de las estatuillas por su dirección. El genio que se negó a dirigir la primera película del espía británico, James Bond, y que cuando recogió el galardón Irvirg G. Thalberg Memorial en una ceremonia de los Oscar dio el discurso más corto de la historia en este tipo de celebraciones: “Gracias”.

Gracias a usted Sir Hitchcock, allá donde esté.

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