Mad Men, estilo y deseo

Mad Men es esa serie en la que, según muchos, nunca pasa nada. Y bueno, si lo que buscamos es acción, combates, muertes, disparos y conflictos en torno a la droga y su distribución pues mejor vemos Narcos y así satisfaremos nuestras necesidades con un gusto y rigor que se acercará al orgasmo. Mad Men es otra cosa: ni mejor, ni peor, simplemente distinta. Con la serie de los publicistas neoyorquinos aprenderemos desde cómo llevar un buen traje a la oficina -si es que acaso pisamos una oficina alguna vez- hasta cómo era el contexto sociocultural de los Estados Unidos de los años 60 y 70. Después de hacer una meditada retrospectiva sobre la serie, entre tanta variedad y mezcolanza he extraído algunos temas que a continuación cuento en este artículo.

Nunca tendrás el estilo de Don Draper, por mucho que lo intentes

Hablar de Mad Men es hablar de Donald Draper (Jon Hamm). La serie se centra en su vida. En sus éxitos como publicista en Nueva York y en sus fracasos personales y familiares. Pero si nos reducimos únicamente a la figura externa del protagonista, a su físico, su estilo es siempre impecable.

Y es que es probable que a nadie ¡¡nunca!! le haya sentado tan bien un traje. Como también es posible que nadie haya fumado con tanta clase como él. Draper sostiene el cigarro en la boca o en las manos con una desgana insultante. Tanta, que a uno le da la sensación de que el cigarro sigue ahí, sin caerse, porque no quiere separarse de él, fascinado por la entera perfección de aquel hombre. Hasta ser un poco alcohólico le sienta bien. Al igual que el cigarro, la copa de whisky en la mano encaja perfectamente, y no parece nunca que ésta le estorbe en sus labores cotidianas. El pelo, engominado y con la raya a un lado, siempre lo encontramos colocado en su sitio. Piensas que se acaba de peinar y luego te das cuenta de que lleva 8 horas en la oficina ideando spots publicitarios brillantes.

Don Draper es una suerte de James Bond americano, pero sin licencia para matar y con la ventaja de no jugarse la vida día tras día, hecho que, a fin de cuentas, puede llegar a agobiar un poco a uno. Puede provocar hasta rabia ver la serie y encontrarse en cada escena con este tío, símbolo idóneo de la perfección, con más exactitud en su físico que el número áureo. Si eres hombre y has visto Mad Men tantas veces como yo, puedes llegar, incluso, a replantearte tu existencia como ser humano. Eres un cabrón, Don Draper.

Donald Draper
Aquí Don Draper haciendo un Don Draper, siempre tan asquerosamente atractivo

Peggy Olson, Joan Holloway y la virtud de la resiliencia

Mad Men no es una serie sobre hombres alcohólicos que trabajan en Manhattan -que también-, es mucho más que eso. Al contrario de lo que a simple vista pueda parecer, la situación de la mujer en los años 60-70 del siglo XX se refleja de forma magnífica. Con Mad Men, podemos formarnos una idea más o menos precisa de la desigualdad, las injusticias laborales y el machismo constante al que las mujeres están sometidas.

Si hablamos de las mujeres de Mad Men tendremos que destacar por encima de todas a la maravillosa Peggy Olson (Elisabeth Moss), que pasó de ser una joven e inocente secretaria en la temporada uno a ser la mejor creativa publicitaria de la empresa en las últimas temporadas. Es increíble ver la transformación de Peggy a cada temporada que pasa. Cada vez más dueña de sus actos y de su futuro, se convierte en un valor fundamental para su jefe -Don Draper- tanto en lo profesional como en lo personal (ver el episodio The suitcase 4×07).

Pero no sólo Peggy representa la fuerza de la mujer en la serie. Joan Holloway (Christina Hendricks) también asume este rol, aunque ejecutándolo de una forma diferente. Joan ya tiene poder en la empresa cuando Peggy hace su aparición en el capítulo inicial, pero aún así su influencia en la oficina sigue creciendo conforme avanzan los episodios . Con una altividez que impresiona y un carácter más fuerte que una roca, Joan domina todas y cada una de las situaciones que se le presentan. Ella solita se encarga de llevar las riendas de la empresa. Tanta es su importancia que da la sensación de que sin ella Sterling Cooper se desmoronaría al instante, con la fragilidad de un castillo de naipes.

Mad Men también es una serie sobre mujeres. Peggy es, desde el inicio, casi tan protagonista como Don. La serie comienza con su entrada en la oficina y con su evolución laboral y personal vamos avanzando en la trama. Ella es el segundo hilo conductor de esta obra maestra en la que las mujeres siempre están en desigualdad con los hombres -como estaban antaño y aún lo siguen estando-. Aunque algunas, como Peggy y Joan, luchan para no verse relegadas a ese segundo plano y superar así una barrera aparentemente invisible, pero a su vez tan difícil de saltar.

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Don y Joan charlando

La infelicidad como obstáculo insalvable

No parece haber ninguna persona feliz en Mad Men. Y si la hay que me lo informen, porque yo no la he visto. Cada personaje vive atormentado por sus propios fantasmas, por sus propios problemas y preocupaciones. Cuando no es un divorcio es una pasado traumático, o una infancia dolorosa de recordar, una guerra cruel de la que alguien fue parte, una adicción al alcohol o un ascenso laboral que nunca llega. Cualquier circunstancia es buena para hundirse en ella hasta ahogarse. En un mundo plagado de dinero, sexo, alcohol y espeso humo de tabaco Lucky Strike, lo malo siempre acaba pesando más que lo bueno. La felicidad y todo lo que ésta conlleva es una mera ilusión, un mero trámite que acaba arrastrándote hacia más oscuridad. 

Don Draper, que cada dos o tres episodios nos regala una frase lapidaria que deja claro de qué va todo esto, no pierde el tiempo y ya en el primer capítulo de la serie hace una declaración de intenciones cuando le suelta lo siguiente a un ligue en una cena: “Lo que tú llamas amor fue inventado por tipos como yo para vender medias”. Así de sencillo. En cada capítulo recibimos una dosis de escepticismo que nos deja planchados en el sofá y nos conduce a cuestionarnos las clásicas incógnitas sobre el sentido de la vida y ese tipo de enigmas irresolubles que, paradójicamente, nunca somos capaces de contestar; pero con los que a todos nos encanta atormentarnos cuando llevamos unas copas de más.

Roger Sterling es el jefe que todos desearíamos tener

Roger Sterling (John Slattery) es un jefe atípico: enrollado y «graciosete», a uno le da la sensación de que siempre tiene algo irónico que comentar.  Es, junto a Bert Cooper, el dirigente de la empresa de publicidad Sterling Cooper. Mr. Sterling suele ser el personaje preferido por los espectadores. Y es comprensible, porque es el único que aporta un punto de humor en un océano de desesperación y soledad. Está al cargo de un enorme negocio en el centro de Manhattan y parece que es al que menos le importa todo. Pero digo parece porque en realidad no es así, la aparente despreocupación de Sterling es sólo una máscara. Seguramente sea el personaje que más perdido se encuentra entre sus propias vicisitudes, y por ello hace de la ironía y el sarcasmo su refugio contra todo, su trinchera moral frente a los problemas que le asolan. Desorientado en un cóctel de jóvenes secretarias, alcohol, tabaco y otras drogas, Roger no deja de buscarse a sí mismo durante toda la serie. Y nunca llega a encontrarse del todo.

Uno de los aspectos más impactantes del personaje de Roger Sterling es su capacidad para resistir, reduciendo este término a su significado más básico: la supervivencia. Desde la primera temporada, Roger muestra claros síntomas de que su salud es bastante menos estable que su situación económica: varios infartos, mareos, bajadas de tensión y vómitos en mitad de la oficina constituyen un historial médico amplio. Su vida parece pender de un hilo durante toda la serie pero él se mantiene ahí, como si el vodka y el tabaco le sacasen a flote una y otra vez en vez de hundirlo más.

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Roger Sterling, probablemente pensando algo gracioso que decir

Pete Campbell mola, aunque a veces sea odioso

En toda serie que se precie debe figurar el clásico personaje al que odia todo el mundo. Como Ross en Friends, Ted Mosby en Cómo conocí a vuestra madre o Skyler en Breaking Bad. Pero lo curioso de Pete Campbell  en Mad Men -interpretado magníficamente por Vincent Kartheiser– es que al final acabas por cogerle cariño. Incluso terminan haciéndote gracia sus tonterías infantiloides con las que antes te entraban ganas de darle un puñetazo.

Pete Campbell es muy pesado, es cierto. Se pasa las noches y los días maquinando crueles planes para obtener un mayor rango en la empresa. Es manipulador, maniático, misógino e incluso casi psicótico, sin embargo es uno de los personajes que más me gustan. Seguramente sea porque, aunque se esfuerza con ahínco en sus conspiraciones, siempre termina por salirle todo mal.  Tiene cierto parecido, a mi juicio, con Tom, el gato de Tom y Jerry, que se pasa la vida persiguiendo a un ratón que nunca consigue atrapar. Pete Campbell es, a grandes rasgos, un chiste en sí mismo.

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Tal era la mala suerte de Pete Campbell que hasta fue perdiendo el pelo a lo largo de las temporadas

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