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Planos bellos e historias frías

Si algo bueno tiene el mundo es la ausencia de verdades universales. Salvo en las ciencias exactas, todo es susceptible de ser rebatido. Y está bien. Una sociedad sin debate sería lo más parecido a una realidad orwelliana. Dicho esto, la opinión mayoritaria siempre tiende a ser considerada como la verdadera. El consenso social se aliena con la verdad objetiva, y quien salga de esa corriente de pensamiento es automáticamente atacado y censurado. Naturalmente, hay temas y temas, unos de mayor calado que otros, en los que disputar la hegemonía discursiva no tiene por qué ser malo.

Por ello, replantearse el porqué de una fama indiscutida e indiscutible como la de Michael Haneke (Múnich, 1942) no es muy habitual. El curso de la historia cinematográfica reciente lo ha coronado como uno de los directores europeos más laureados en la actualidad. Sin embargo, más allá de su estética y perturbadora atmósfera, ¿es Michael Haneke un buen narrador de historias?

Michael Pitt
Michael Pitt en el remake norteamericano de Funny Games (2007)

Construcción y trasfondo de personajes al margen, Haneke se ha caracterizado desde sus inicios por oprimir al espectador con planos impactantes y desagradables. El tiempo del lobo (2003), La pianista (2001), la primera Funny Games (1997) o El vídeo de Benny (1992) son buenos ejemplos del talante perverso del cineasta germano. Cada movimiento de cámara busca a conciencia el escándalo, el tocar la fibra más sensible de la audiencia. No son películas hechas a medida del gran público, sino dedicadas a agradar a ese sector cinéfilo más sediento de morbosidad y violencia desmedidas.

En cualquier caso, quizá sus primeras películas no hablasen del todo bien de él. Para resarcirse, Haneke se sacó de la manga en 2009 La cinta blanca, galardonada con el Globo de Oro a la mejor película de habla no ingresa y con la Palma de Oro del Festival de Cannes. En ella, deja a un lado los instintos más primitivos del ser humano para enfocar la mirada en el germen del fascismo, alternándose con imágenes en blanco y negro de una poderosa factura técnica. Hasta ahora, es probable que, en su conjunto, se trate de la mejor película de Haneke. Bastante por delante, por cierto, de la ampliamente laureada Amor (2012), cuya reciente visualización sustenta el presente artículo.

Amor
Independientemente de su torpe narrativa, Amor (2012) cuenta con fabulosas interpretaciones.

Por muchos motivos, Amor supone un punto de inflexión en la carrera de Haneke como director de éxito comercial. Su gusto por los planos preciosistas y escenarios muy concretos se mantiene. De hecho, la cámara recorre de forma casi obsesiva cada centímetro del piso de Georges y Anne, de modo que prácticamente lo acabaremos por conocer de memoria. Como en anteriores ocasiones, Haneke elige en Amor un núcleo temático en torno al que sustentar toda la obra, en este caso, la degradación de la vejez. Tenía ante sí la oportunidad de mostrarse más cercano al concepto habitual de humanidad y explotar dos personalidades que no necesitarían ningún tipo de desarrollo posterior. Es decir, engrandecer lo cotidiano y natural que es acercarse hacia el final de una vida.

Sin embargo, Haneke fracasa. Y lo hace por su incapacidad de narrar lo mundano. Como director, ha destacado en la exageración desmedida, en otear los miedos de una sociedad materialista y acomodada. Pero su historia naufraga al querer insuflarle verosimilitud de una forma torpe y artificial. La narrativa de Amor no discurre con sencillez, es confusa y ambigua y no enseña nada nuevo a las personas que ya hayan pasado por situaciones similares con un familiar enfermo. Quizá las haga sentir incómodas o tristes al rememorarlo, pero nada más. Ni rastro de la brillantez atribuida a un director de su categoría. Por no haber, no hay siquiera amor.

En cualquier caso, es posible que sea más problema de quien escribe estas líneas que del cineasta en sí, quien al menos sí se ha llevado un Óscar a mejor película de habla no inglesa con su última cinta. Sin embargo, una cosa sí que ha quedado demostrada: todos, incluso Haneke, somos humanos. Y él, una vez que ha salido de su zona de confort, que no era otra que aquella caracterizada por la perturbación y la profanación, ha mostrado abiertamente sus carencias.

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