Hacer una serie sobre adolescentes y meter una subtrama relacionada con el acoso escolar parece algo común y casi necesario en toda buena serie juvenil que se aprecie. Hacer una serie adolescente con el acoso escolar como tema central y tratar a sus protagonistas como personas adultas, respetándolos y sin acabar convirtiéndolos en meras caricaturas de lo que puede llegar a ser un adolescente en la vida real, es algo bastante inusual a lo que pocas cadenas se atreverían, por desgracia.

Para acabar con esto ha llegado una vez más Netflix con 13 Reasons Why, una serie dirigida por Tom McCarthy (director, entre otras películas, de Spotlight, la ganadora al Óscar del pasado año 2016), producida con el apoyo de la mediática cantante Selena Gomez, y basada en la novela homónima del escritor estadounidense Jay Asher publicada en 2007 con tremendo éxito de crítica y público. El guion de la serie lo firma Brian Yorkey, escritor ganador del premio Pulitzer por el musical Next to normal. Además de estos dos reconocidos nombres, al proyecto se suman otros directores menos conocidos como Gregg Araki (director de la película indie White Bird in a Blizzard), Jessica Yu, Carl Franklin o Kyle Patrick Alvarez.

La trama de 13 Reasons Why se centra en Hannah Baker (Katherine Langford), una joven estudiante de instituto que, antes de suicidarse, decide grabar unas cintas de audio en las cuales expone cada una de las razones que la han llevado a terminar con su propia vida. En dichas cintas no se corta en implicar directamente a 13 personas, con nombres y apellidos, que de una manera u otra no han hecho más que contribuir a que su vida terminase convertida en un infierno.

La serie arranca en el momento en que estas cintas llegan a manos de Clay Jensen (Dylan Minnette), compañero de instituto de Hannah y uno de los que parecía más cercano a ella. Las reglas para Clay son claras desde el principio: tiene que escuchar todas las cintas para poder conocer la verdad de la historia, contada por la propia Hannah, y en cuanto termine deberá pasar dichas cintas a la siguiente persona implicada. Pero lo que puede parecer fácil y hasta jugoso para alguno de los implicados (y en general para nosotros los espectadores en una sociedad como la actual, donde los dramas de personas anónimas pueden llegar a convertirse en entretenimiento de masas gracias a la televisión), se convierte para el chico en un auténtico quebradero de cabeza, sin saber en qué lugar encaja él en esas grabaciones, ya que hasta ahora creía haber tratado bien a la chica. A su lado estará durante toda la serie Tony, una especie de ángel de la guarda en el que Hannah parece haber confiado para asegurarse de que tras su muerte, todo sucedía de la manera que ella deseaba.

Es, cuanto menos, curiosa la situación que se produce a partir de aquí con la serie, donde el protagonista no puede escuchar las cintas de manera rápida, provocando que la historia y, por tanto, la escucha de dichas grabaciones se dilate a lo largo de múltiples días, a causa del constante flujo de recuerdos que trae cada una de las palabras que escucha de voz de la propia Hannah; mientras que nosotros, los espectadores, no podemos sino devorar esta serie en horas, con el correspondiente binge-watching (el término anglosajón que parece haber venido para quedarse y que no es más que aquello a lo que popularmente conocemos como «hacer una maratón de episodios») propio de las propuestas de Netflix.

En cuanto a la citada estructura, la serie divide su trama en dos etapas: el pasado y el presente. Cada uno de los trece episodios se centra en un personaje secundario y la manera en que éste afectó a Hannah. En el presente, estas narraciones de cada episodio afectarán a Clay, que poco a poco irá descubriendo aspectos de la vida de Hannah que ni podía imaginar que existiesen. Si algo se le puede criticar a la serie es que quizás, esta estructura tan esquelética y repetitiva pierde fuerzas en esos episodios centrales en los que ya conoces a la mayoría de personajes pero aún no sabes por qué están implicados en la trama. Se agradecería mucho que las historias de algunos de estos personajes secundarios hubieran quedado relegadas a esa categoría, dándole más minutos a la relación entre los dos protagonistas, Hannah y Clay.

De igual forma, habrá quien defienda que la serie peca de usar recursos muy similares de manera constante, como las transiciones entre el pasado y el presente, realizadas normalmente mediante un simple movimiento de cámara simulado que une dos planos totalmente diferentes. Los cambios temporales que en otras series se harían mediante un simple corte, aquí se convierten en un auténtico espectáculo de destreza por parte del montador. También se distinguen de una manera muy visual las escenas del pasado y del presente. El pasado, siempre pegado a sus tonos cálidos y grandes coloridos, agradecido de ver para el espectador. El presente, por el contrario, repleto de tonos fríos y ambientes grises.

Dos apuestas artísticas, el montaje y el uso del color, que sin embargo son uno de los mayores aciertos de 13 Reasons Why, además de una muestra perfecta de que los responsables de adaptarla tenían claro de qué manera contar la historia, sin importarles posibles críticas. «El que quiera jugar con estas reglas, que se apunte. El que no, que se salga y deje hueco», parecen querer demostrar los creadores con cada transición.

13 Reasons

Pero, sin ninguna duda, el verdadero encanto de esta serie y la principal razón por la que debe convertirse en un éxito de masas es su manera de tratar temas tan escabrosos en nuestra sociedad como son el acoso escolar, la violencia entre adolescentes, la violación, los roles de pareja, la depresión, el slut-shaming, el machismo y por supuesto el mencionado suicidio desde el que parte la historia. En una época en la que tanto escuelas como medios de comunicación (y por supuesto gobiernos) deberían hacer frente a dichos temas, es frustrante que tenga que ser una vez más una ficción (televisiva o cinematográfica) la que venga a recordarnos que estos casos se dan en el día a día, y que no, la culpa de un suicidio no es sólo de la víctima. La culpa, como bien va dejando claro 13 Reasons Why a lo largo de sus más de doce horas de duración es de todos aquellos que pudiendo haber hecho algo, decidieron no hacerlo. Y en la historia de Hannah, si algo no falta son precisamente culpables. Desde el más impresentable de los compañeros, hasta los propios espectadores, que pese a sentirse identificados con Hannah durante gran parte de la historia, verán rápidamente que son alguno de esos personajes secundarios que en mayor o menor medida dificultaron la vida a la joven; pasando por un instituto cuya manera de enfocar la educación emocional de los jóvenes es pegar carteles contra el suicidio tras el suicidio de una alumna. Y arreando que es gerundio, y hay 600 estudiantes más a los que atender. Tan crudo como real.

Si de alguna manera hubiera que describir esta serie, la única palabra que le haría justicia es «necesaria». Necesaria porque, como hemos dicho anteriormente, es de las pocas que no juzga a sus personajes, no hay malos ni buenos, todos son grises. Necesaria porque entre tantas propuestas de dramas juveniles basados en el romance, sabe bien que Netflix aparque este aspecto a un lugar secundario, dándole todo el protagonismo a una parte tan real y a la vez mucho más tabú como son el acoso escolar y el suicidio. Y necesaria, porque al hacerlo, 13 Reasons Why no se permite ni la más mínima falta de respeto a su propio material. Lo que es dulce en la vida de Hannah, lo muestra con dulzura. Lo que es cruel, lo muestra con crueldad. Y lo que es doloroso, lo muestra con dolor. Y para ello, la plataforma norteamericana no ha dudado en que varios de los capítulos de la serie vayan precedidos de un correspondiente aviso de que las imágenes exhibidas en el episodio pueden herir la sensibilidad del espectador.

¿Qué sentido tendría hacer una serie sobre temas tan físicos como la violación o el suicidio sin mostrar todo aquello que conllevan? Absolutamente nada. Si algo tiene el cine y la televisión es la capacidad de mostrar, y para ello, una imagen vale más que mil palabras. Con una apariencia de show para todos los públicos durante gran parte de su trama, la serie se guarda para su recta final una serie de episodios donde los golpes al espectador y a los personajes llegan uno detrás de otro, sin dar respiro, terminando en un episodio final donde se desatan todo el dolor y la desesperanza acumulada en el cuerpo de Hannah y que al espectador no hace más que dejarle una sensación de impotencia y rabia comparables a que esta chica fuese nuestra mejor amiga.

13 Reasons

De darle rostro a Hannah, nuestra protagonista, se encarga una hasta ahora desconocida Katherine Langford, que tras lo visto en estos trece episodios tenemos claro que no va a ser la última vez que oigamos de ella. Una auténtica revelación que a lo largo de la serie no hace más que crecer, en dos últimos episodios donde su trabajo es absolutamente indescriptible, con escenas tan duras como reales que por momentos piden incluso apartar la vista de la pantalla. Me atrevería a decir que en caso de ser éste un papel interpretado por actrices de mayor edad en series de mayor contenido dramático, como puedan ser a día de hoy la Robin Wright de House of Cards, la Lena Headey de Juego de Tronos o la Claire Danes de Homeland, la correspondiente nominación al Globo de Oro o al Emmy estaría ya en casa de la joven australiana. Si Netflix y Stranger Things fueron capaz de llevar a la temporada de premios a una Winona Ryder absolutamente desatada y desquiciada, lo de Katherine Langford no debería pasar desapercibido.

A su lado en la serie se encuentra Dylan Minnette, el actor encargado de dar vida a Clay y al que muchos ya reconocerán de esa pequeña joya del cine de terror que fue No respires, dirigida por Fede Álvarez. Si algo resalta de su trabajo es el brutal cambio entre el pasado, donde su situación parece casi de comedia romántica adolescente; y el presente, con escenas repletas de una sensación constante de ansiedad y desconcierto. Y en el plantel de secundarios plagado de actores que dan vida al variado entorno de Hannah y formado en su mayoría por compañeros de instituto, profesores y padres brilla con luz propia una Kate Walsh en el papel de madre de Hannah, que realiza el que probablemente sea uno de los mejores papeles de su carrera, llevando todo el peso emocional dentro de los adultos de la serie.

En definitiva, Netflix ha conseguido sorprender una vez más con una propuesta respetuosa e inesperada dentro de un género tan propio de las cadenas norteamericanas como el drama adolescente. 13 Reasons Why consigue tomarse en serio a sí misma, de principio a fin, sin renunciar a sus señas de identidad. Y al contrario que la mayoría de ficciones de hoy en día, antepone el planteamiento de preguntas relevantes y la reflexión personal acerca de nuestro trato a las personas que nos rodean frente a una posible búsqueda de respuestas a estos problemas, algo que es labor de los profesionales, y que no harían más que ir resbalando la culpa de una persona a otra, hasta llegar al extremo de culpabilizar a las propias víctimas, como vemos diariamente en redes sociales y medios de comunicación.

Si algo nos deja claro esta serie es que apartar la vista es ser igual de cómplice. Por tanto, lo único que nos queda es compartir el viaje de Hannah, esperando que sus 13 cintas se conviertan en lo que merecen ser, un éxito de público y crítica que despierte en nuestra sociedad alguna que otra conciencia dormida.

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