Cuando se mezclan la realidad y la ficción, este es el resultado

No debe ser fácil ser Ignatius Farray, aunque bien es verdad que tampoco debe ser aburrido. El pasado 17 de marzo se estrenó la segunda temporada de El fin de la comedia en Comedy Central y Movistar Plus. Tras una primera entrega reconocida y aclamada, el cómico canario vuelve a interpretarse a sí mismo para realizar esta serie en la que las fronteras entre la realidad y la ficción tienden a diluirse.

La serie se debe sobre todo a sus cabezas pensantes, a quienes la escriben y le dan ese carácter tan propio y personal, tan indie al fin y al cabo. Miguel Esteban, Raúl Navarro y el propio Farray guionizan y crean El fin de la comedia como excusa para dar rienda suelta a sus inquietudes, a sus preocupaciones, a sus pensamientos e ideas de cómo afronta uno la madurez, los problemas de salud o la relación con su hijo.

el fin de la comedia

Puede decirse que El fin de la comedia es un verso suelto dentro del mundo de la televisión española. Es diferente por cómo esta hecha, por cómo está escrita y por los temas que trata. El cómico Ignatius Farray es el único protagonista de esta serie en la que van apareciendo diferentes personajes que le hacen vivir todo tipo de situaciones, algunas de ellas graciosas; pero otras muchas con un característico toque amargo. Veronica Forqué, Joaquín Reyes, Natalia de Molina o Iñaki Gabilondo -que se estrena en esto de actuar- son solo algunos de los actores que participan en la historia.

Esta segunda temporada nos ofrece también nuevos puntos de vista. Ahora Ignatius se replantea ciertas cosas: su salud no es la mejor del mundo y su carrera como cómico lleva un tiempo estancada, y por ello decide cambiar de aires y dejar el oficio de humorista para dedicarse a otros trabajos más estables.

En todos los capítulos apreciamos ese punto melancólico y triste que antes mencionaba. Me quedo con la duda de si es porque Ignatius consigue sacarle el lado cómico a las situaciones más dramáticas o es más bien al revés, que siempre termina por impregnar todo lo que hace de una cierta melancolía que te provoca la risa al mismo tiempo que te deja un pelín triste. No lo sé, pero una cosa sí tengo clara: El fin de la comedia es una auténtica genialidad.

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