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¿Hasta qué punto vale la pena lanzar al mercado un proyecto sin terminar y del que muy probablemente sus creadores no se sientan del todo orgullosos? Quizás este sea un debate que El muñeco de nieve debería al menos haberse planteado, cosa que muy probablemente hiciesen muchos de los participantes en la película. Es totalmente entendible, por otra parte, que las diferentes productoras e inversores de la película, cuyo dinero queda indudablemente en riesgo en el mismo momento en que deciden participar en el proyecto, tomasen la decisión de llevar a las pantallas de cine una cinta inconclusa, a medio hacer y con intentos de hacer magia en toda su postproducción; con el único objetivo de recuperar el dinero invertido lo antes posible. Lo que no es comprensible es que una producción de este calibre se permita el lujo de desperdiciar un material original tan bueno como la novela homónima de Jo Nesbø, para entregar al público un material al que le falta información, en un género tan necesitado de ella como es el thriller. Todo esto, además, con 35 millones de presupuesto, el respaldo de empresas tales como Universal Pictures o Working Title y, lo más importante, participantes de la talla de Michael Fassbender, Rebecca Ferguson o el mismo director, un Tomas Alfredson en racha después de la exitosa cinta vampírica Déjame entrar y su posterior debut hollywodiense con El topo.

Resulta por tanto casi injusto entrar a valorar una película en la que, por culpa de una producción desastrosa, tal y como parecen dejar entrever algunas entrevistas realizadas al director de la cinta, todos o la gran mayoría de los participantes salen mal parados. Desde un Michael Fassbender que parece no entender el lugar en el que pretende adentrarse la historia, un reparto de secundarios que desaparecen y vuelven a aparecer justo cuando la trama los necesita, sin tener el espectador la más mínima idea de cuál es su función en la historia, más allá de rellenar plano y aumentar el caché de la película (se pasean por aquí nombres como J.K. Simmons, Val Kilmer, Toby Jones o Chloë Sevigny), hasta un Tomas Alfredson que no deja ni rastro de esa tensión y frialdad narrativa en los planos, de la que hacía gala en Déjame entrar, pasando a rellenar la película de zooms casi cómicos a muñecos de nieve o escenas supuestamente dramáticas llevadas con una ligereza que hacen sugerir una cierta voluntad de quitarse el rodaje de encima y dejar atrás un infierno de producción.

el muñeco de nieve

Por supuesto, y afortunadamente, no todo en esta película es un desperdicio. La fotografía de Dion Beebe (ganador de un Óscar en 2005 por Memorias de una geisha), ayudada por una cuidada y más que acertada elección de localizaciones, es deslumbrante. Pocas veces se ha retratado Noruega con una belleza comparable, sumiéndote por momentos en ese frío local que tan de maravilla le sienta a la tensión que necesita la historia, y en otros momentos consiguiendo una calidez casi familiar en cada una de las escenas de interiores. En cuanto al reparto, brillan por encima del resto Charlotte Gainsbourg, una actriz que parece capaz de meterse en cualquier papel, por dispar que sea, y acabar convenciéndote que forma parte de ese mundo desde el minuto uno; y sobre todo una Rebecca Ferguson en estado de gracia, aprovechando cada escena junto a Fassbender para acrecentar más, si cabe, el mal momento que atraviesa este último en sus trabajos más recientes. Se la ve como pez en el agua en las escenas más tensas, pidiendo a gritos algún que otro thriller más donde lucirse, y a ser posible liderar.

Por último, habría que felicitar a Thelma Schoonmaker y Claire Simpson por el desafío de coger a cuatro manos este ingrediente envenenado que ha sido el metraje de El muñeco de nieve, y conseguir que el plato resultante no produzca nauseas en el espectador. Cuantiosa debe haber sido la cifra desembolsada por parte de las productoras a dos montadoras de semejante nivel para que tratasen de terminar este desastroso puzzle, al que además le faltaban un quince por ciento de las piezas, equivalentes al quince por ciento del guion que nunca se llegó a rodar por problemas de tiempo, como bien ha explicado el director, Tomas Alfredson, en varias entrevistas. La primera de ellas, la mano que mece la cuna en prácticamente todas las películas de Martin Scorsese, con 3 premios Óscars en su haber gracias a Toro salvaje, El aviador e Infiltrados; y la segunda, la montadora de películas como El jardinero fiel, El lector o Platoon, por la que conseguiría su único Óscar hasta el momento.

En definitiva, El muñeco de nieve se convierte por méritos propios en una de las grandes decepciones de este 2017, a pesar de tenerlo todo en su mano para haber formado parte de ese selecto grupo de películas que acaban copando los rankings a lo mejor del año. Esperemos que Denis Villeneuve, el próximo en adaptar una novela del escritor noruego Jo Nesbø, salga mejor parado del frío de los thrillers nórdicos.

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