Llegamos al final

Se acabó. Tras nueve jornadas de cine y 36 películas visionadas, disfrutadas e incluso sufridas, la decimoquinta edición del Festival de Cine Europeo de Sevilla llega a su fin con un último día tranquilo dedicado principalmente a saldar la deuda con el cineasta más loco del cine europeo: Lars von Trier y su La Casa de Jack. De igual manera, pudimos disfrutar en la sesión de mañana de Jumpman, una cinta rusa con atractiva premisa.

Con esta última crónica damos por finalizada la cobertura de un festival más intenso que nunca y exprimido al máximo. Una oportunidad para celebrar y explorar el séptimo arte nacido en el viejo continente. Como siempre, ¡nos vemos en las salas!

Jumpman: el dolor que no sientes.

Con una de las premisas más atractivas del festival, Jumpman llegaba a Sevilla desde la Rusia más fría, de nuevo parca en emociones y dolor. Dennis, un chico al que su madre abandonó en un orfanato nada mas nacer, es inmune al dolor por culpa de una enfermedad. Años después, su madre vuelve a por él, llevándoselo a Moscú, donde formará parte de una banda dedicada a sacarle el dinero a gente rica, convirtiéndose en un jumpman: alguien que salta delante de los coches para posteriormente chantajear a los conductores.

Jumpman consigue dar en el clavo

Jumpman es un ejercicio de frialdad narrativa, sin grandes destellos de autoría, pero con un acabado visual bastante correcto. Pese a no ser del todo fallida, si que desaprovecha de forma clara una premisa tan jugosa, sin llegar a explotar en ningún momento todo el drama, prefiriendo contenerse en el desconcierto de su protagonista, una pieza más de un tablero de ajedrez donde él termina por ser un simple peón.

Donde sí que Jumpman consigue dar en el clavo es en faceta más crítica, mostrando y denunciado la corrupción institucional de organismos (e individuos) en una Rusia donde a nadie parece sentir nada (físico o mental) a la hora de arruinar vidas ajenas en beneficio propio.

Una cinta por lo general disfrutable, y que además cuenta con una cotidianidad bastante aceptable a la hora de envolver su historia, fabricando un producto fácilmente digestible para el gran público.

Lars Von TrierLa Casa de Jack: Lars von Trier baja al infierno de la psique humana.

Con su vuelta al Festival de Cannes tras la polémica que lo alejó oficialmente durante varios años de la cita francesa, llegando incluso a ser declarado persona non grata, Lars von Trier volvía al festival por excelencia con una película tan esperada por la crítica como inesperada por su contenido. Meses después, nos llega la ansiada oportunidad de disfrutarla en el marco de la cita sevillana.

Von Trier no escatima a la hora de mostrar la violencia

La Casa de Jack nos narra, en primera persona, alguno de los asesinatos cometidos por su protagonista a lo largo de 12 años. En ella, Von Trier no escatima a la hora de mostrar la violencia, creando una cinta tan explícita como visceral, intercalando píldoras de humor negro que no hacen más que elevar la incomodidad generada por la obra.

Como un diálogo continuo entre el arte y el artista, en La Casa de Jack hay escondida (o no tanto) muchas de las explicaciones al por qué del cine realizado por Von Trier a lo largo de su filmografía, atreviéndose a autoreferenciarse y casi otorgar una respuesta y verdaderos motivos a sus detractores para que le desprecien, ahora sí, con razón.

El cineasta danés no titubea a la hora de bajarse a los infiernos de la psique, dando un amplio paseo por lo más enfermizo de la condición humana a hombros de un psicópata cuyo discurso vincula con una naturalidad insultante el arte con el asesinato y la violencia. Un sobresaliente Matt Dillon que consigue transmitir toda la incertidumbre y el terror que acompaña al personaje en cada uno de sus asesinatos.

Una obra que recoge todos los tics, fobias y gustos de Lars von Trier

Si pudiera parecer que el objetivo de Von Trier con La Casa de Jack es tan simple como escandalizar a un público incapaz de digerir propuestas de semejante explicitud, su verdadero valor es el de relatar un monólogo hacia el espectador donde critica a la vez que reinvindica el uso de la violencia implícita en su propio proceso creativo.

Ahí quedarán para demostrarlo muchos de esos diálogos de su protagonista, casi un alter ego existencial del mismo Von Trier, defendiendo a capa y espada la separación entre autor y obra, y renegando de cualquier tipo de paralelismo entre la mente y actitud de sus personajes, y las actitudes y deseos de sí mismo. Una reclamación con la que negar su cine como aparato de evasión personal para liberarse y cometer aquellos actos que en su vida real no podría.

Una película imprescindible para todos sus seguidores

Una obra (para muchos maestra y para otros despreciable) que recoge todos los tics, fobias y gustos de Lars von Trier, llevándolos al extremo más físico, cruel y visual de su carrera; obligando a que muchos abandonen la sala horripilados por los actos cometidos (y mostrados) en pantalla, y a que otros tantos no consigamos apartar la mirada, fascinados por el nivel de destrucción y caos al que Lars von Trier ha llegado con La Casa de Jack.

Una película imprescindible para todos sus seguidores, hasta el punto de poder entenderse como un resumen de su propia carrera, de su visión del cine y el arte, y de la figura del creador como ente poseedor de máxima libertad. Un corte de mangas dedicado a todos aquellos que seguirán considerándolo más un enfermo que un cineasta.

La cinta más controvertida de esta edición

Con la cinta más controvertida de esta edición y con esta última crónica, damos por finalizada la cobertura de una edición vivida de la manera más intensa y exprimida al máximo. La gran oportunidad anual que nos regala Sevilla para celebrar y explorar el séptimo arte nacido en el viejo continente. Hasta el 15 de diciembre, fecha en la que por primera vez la capital de Andalucía acogerá la ceremonia de los Premios del Cine Europeo, nos despedimos igual que empezamos hace ya nueve días (y noches): ¡nos vemos en las salas!

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