Terminar una serie larga es casi imposible. Da igual lo que hagas: si eres demasiado conservador, te quedas corto; si eres demasiado radical, te pasas. Nadie quiere que todo sea un sueño de Antonio Resines. Siempre hay un sector de fans que siente que el final no estaba a la altura de lo que imaginaban durante años. Y con The Boys ya se veía venir que eso iba a pasar.
La serie de Eric Kripke ha llegado a su final dejando una reacción bastante dividida entre el público. Algunos han salido satisfechos, otros creen que el desenlace ha sido demasiado fácil, demasiado contenido para una serie que durante años presumió de ser lo contrario. Pero incluso con sus problemas, The Boys deja algo muy claro: ha sido una de las mejores series producto del cómic de los últimos años… y probablemente una sátira todavía mejor sobre Estados Unidos y su cultura.

Mucho más que una serie de superhéroes
A estas alturas ya casi sobra decirlo, pero The Boys nunca fue realmente una serie “de superhéroes”. Garth Ennis, el autor original, es un escritor de cómic famoso por odiar todo el mundo de los superhéroes. El cómic era una destrucción constante del universo comiquero, en la serie, de la sociedad moderna. Había capas, poderes y explosiones, sí, pero el centro siempre estuvo en otro sitio: la política, las corporaciones, la religión televisiva, el culto a las celebridades y el miedo convertido en entretenimiento. El propio Kripke llegó a definirla más como una serie sobre “celebrity politics y late-stage capitalism” que como un producto superheroico tradicional.
Y durante mucho tiempo eso funcionó increíblemente bien. La serie era agresiva, incómoda, bruta pero muy divertida. El problema es que, como suele pasar con este tipo de fenómenos, terminó atrapada por su propio éxito.
Las últimas temporadas ya dejaban cierta sensación de bucle. Ese constante “tenemos un nuevo plan -> sale mal -> todo acaba todavía peor”. A eso se sumó la expansión de la franquicia con spin-offs como Gen V (dignísima mientras fue una serie de instituto hasta que trataron de hacerla aún más épica y la frontera con la serie raíz se difuminó para mal) o el inminente Vought Rising (donde aún no tengo claro qué van a explorar), que hicieron que parte de la historia principal pareciera estirarse más de la cuenta.
Y aun así, incluso en sus momentos más repetitivos, seguía habiendo algo magnético en verla semana a semana.

Un final más amable de lo esperado
Aquí llega el elefante en la habitación: Esta última temporada se siente, en muchos momentos, más contenida. Kripke parece haber optado por un cierre relativamente accesible, intentando agradar a la mayoría del público en lugar de lanzarse de lleno al nihilismo absoluto que la serie llevaba tiempo insinuando. Y eso ha desconcertado a bastante gente.
La temporada tiene un ritmo extraño. Su zona media avanza despacio, dedicando mucho tiempo a personajes y relaciones. Incluyendo, por cierto, el maravilloso episodio a trozos con un segmento dedicado a Terror, el perro, que demuestra que la serie todavía sabía encontrar momentos delirantes y humanos al mismo tiempo. Pero la sensación general es que gran parte del cierre real ocurre prácticamente en el último episodio, acelerando conflictos que llevaban años construyéndose. El resultado funciona emocionalmente… aunque quizá no tanto narrativamente.
Eso sí: sigue siendo The Boys. Sigue habiendo violencia grotesca, humor de caca-culo-pedo-pis y escenas completamente innecesarias en el mejor sentido posible.

Homelander, religión y monstruos creados por el público
Si algo ha sido fascinante durante años ha sido ver cómo parte del público “descubría” cada temporada que Homelander era un personaje profundamente negativo. Las reacciones en redes de determinado segmento del público, especialmente en X, eran casi tan entretenidas como la propia serie. Y esta temporada lleva eso todavía más lejos. Homelander ya no es solo un narcisista peligroso: es directamente un mesías descontrolado, alguien que ha terminado creyéndose su propia mitología.
La dimensión religiosa tiene muchísimo peso este año, especialmente gracias a personajes como Firecracker o Oh Father, reforzando esa idea de culto, fanatismo y manipulación emocional que la serie llevaba tiempo explorando, y es por eso por lo que creo que ha mucha gente no le terminado de convencer.
Y aquí vuelve a aparecer el enorme trabajo de Antony Starr. Es impresionante cómo sigue encontrando nuevas formas de convertir a Homelander en alguien todavía más inquietante. Se nota que disfruta llevando al personaje al límite absoluto. Por otro lado, Karl Urban, y su sonrisa de medio lado (😏) consigue darle un cierre muy digno a Carnicero. Quizá el personaje llevaba tiempo atrapado en su propia espiral de odio, pero Urban logra que incluso sus últimos momentos mantengan esa mezcla de brutalidad y vulnerabilidad que definía al personaje.
Y sí, el reencuentro del trío protagonista de Supernatural (la otra gran serie de Kripke) es tan delirante como cabría esperar. Sangre, caos y fanservice perfectamente consciente de sí mismo. Mención especial también para Tomer Capone, que termina convirtiendo a Frenchie en el personaje más completo de toda la serie. Su arco de redención probablemente sea el mejor construido del grupo. Y Karen Fukuhara, ahora que Kimiko ha recuperado la voz, aporta un alivio cómico muy necesario sin perder el componente emocional del personaje.
Un final difícil para una serie imposible
¿Es perfecto el final de The Boys? No. ¿Iba a dejar contento a todo el mundo? Pues hombre, tampoco.
Pero creo que hay algo importante que recordar: esta serie eligió su propio camino hace muchísimo tiempo. Seguir comparándola constantemente con el cómic de Garth Ennis ya no tiene demasiado sentido. La adaptación tomó decisiones distintas desde prácticamente mitad de la primera temporada, para mi gusto, bastante correctas, al desligarla de un cómic que si bien es divertido, es excesivamente violento y chabacano. Consideraciones, como el de darle un trasfondo o un nombre a Kimiko, quien en el material original se la conoce simplemente como «la hembra» pues ya es una mejora.
Y aun así, durante todos estos años, mantuvo intacta su identidad. Seguía siendo bestia, innecesariamente gore y muy graciosa. Pocas series consiguen sostener algo tan extremo durante tanto tiempo sin perder completamente el control. The Boys quizá no haya tenido el final perfecto… pero desde luego ha sabido terminar siendo exactamente lo que siempre fue.






