Los amores diversos

Fernando J. López es el autor de Los amores diversos, obra de teatro que puede verse cada lunes a las 20:15h en la sala off del Teatro Lara de Madrid. Como el teatro también se lee, la editorial Antígona lo ha editado y publicado. Para más información, entrad aquí.

Le hemos querido preguntar un poco más sobre esta magnífica obra, cuya crítica podéis leer aquí.

¿Qué significa para ti Naxos?

Un espacio de libertad en el que decidimos quiénes queremos ser después de asumir el dolor que supone esa elección. Construir la identidad es un proceso que deja cicatrices, pero que también constituye la esencia de nuestra vida: cuando dejamos de construirnos, cuando abandonamos Naxos, estamos muertos.

¿Por qué decidiste recuperar la tradición grecolatina y mostrarla sobre los escenarios?

Siempre ha estado presente en mis textos. Es difícil encontrar una obra mía donde no haya referencias directas o indirectas a la tradición grecolatina: es difícil encontrar un dramaturgo más contemporáneo que Eurípides o un poeta más transgresor que Ovidio. De todos ellos, y de mi pasión por sus textos, hay algo en esta función.

Cuando estabas en el proceso de creación de Los amores diversos, ¿sólo había un personaje en tu mente? ¿Cuál es el motivo de abandonar a Ariadna en una lucha contra sí misma?

Quería que el espectador viviese esa misma lucha: las grandes batallas las vivimos en la más absoluta soledad, incluso cuando creemos que nos rodea la pareja, la familia o los amigos. Esta obra solo podía ser un monólogo, porque el único modo de asumir nuestra verdad –con todas las contradicciones que ello implica- es la desnudez. Ariadna, como tantos de nosotros, lleva demasiado tiempo dejándose llevar por la ficción de un autoengaño que, literario o no, le permite seguir hacia delante sin hacer caso a las grietas que se han ido abriendo en su vida. El hecho de estar sola en un espacio cargado de memorias propias y ajenas la obliga a mirarse de frente por primera vez en mucho tiempo.

Los amores diversos es una obra teatral que invita, desde la primera frase, a la reflexión. ¿Crees que a la sociedad o a las personas como individuos les falta reflexión?

Reflexión y emoción: ambas van de la mano en esta función. No solo se invita al espectador a hacer una introspección similar a la que hace Ariadna (estamos tan acostumbrados a narrarnos y exhibirnos en redes sociales que nos hemos olvidado de preguntarnos por nosotros mismos) sino que también queremos que, como ella, apueste por la emoción, por el sentimiento y por la libertad. El viaje de Ariadna se encamina hacia una necesaria celebración de la vida con la que esperamos que, al acabar la función, el público brinde por nosotros. Si conseguimos que tras salir del teatro sientan ganas de pararse unos minutos, respirar y apurar un vino –como los que bebe ella durante la función- habremos logrado lo que pretendíamos. En el fondo, esta obra es un gigantesco carpe diem que nace del dolor: no se puede exhortar a disfrutar lo que tenemos si no somos conscientes de su fragilidad.

La poesía y la literatura se entremezclan entre las reflexiones y las opiniones de la protagonista, ¿consideras que es importante conocer a nuestros literatos para conocernos a nosotros mismos?

No podemos entendernos sin la ficción, sin la literatura. Y en esa literatura englobo cualquier género narrativo, ya sea novela, cine, series televisivas, videojuegos… Cada uno de nosotros, sea cual sea nuestra edad y nuestra condición cultural, tenemos nuestros propios referentes literarios: en esa ficción encontramos modelos, formas de ser y gracias a esos textos podemos desarrollar algo esencial en nuestras relaciones, la empatía. Esta obra no nace como un catálogo de autores que deban ser conocidos, sino de mi pasión por esos autores y de la necesidad de convertirlos en parte de un discurso teatral donde se aprecie su modernidad, su vigencia y, sobre todo, su inteligibilidad. La poesía no es algo lejano, sino un hecho esencial en nuestra comunicación desde que somos niños: el lenguaje infantil es profundamente metafórico. Cuando somos niños, somos poetas. Lástima que con la edad nos olvidemos de ello…

En la actualidad la cultura no está muy bien valorada. Se considera como algo relacionado con el ocio, casi como algo complementario. ¿Crees que debería reivindicarse su importancia en nuestras vidas?

Esa es, en parte, la meta de esta función: demostrar que la cultura no solo es necesaria, sino también apasionante. No queremos que sea una obra elitista, porque la cultura en la que creemos no lo es: Shakespeare o Cervantes, tan celebrados este año, son dos ejemplos de cómo la cultura es capaz de hacerse universal e incluso mayoritaria. Hay que acabar con los torremarfilismos y la visión hermética de la cultura como algo que solo han de disfrutar unos pocos. El teatro tiene que llenar las calles, las ciudades, las plazas. Necesitamos romper prejuicios y dejar de subestimar al público: cuanto más limitamos sus expectativas, más empobrecemos nuestro discurso y, a la vez, más alejamos a los espectadores. Hagamos  teatro, hagamos poesía, hagamos literatura. Pero que nazca de la verdad. Entonces habremos encontrado el camino.

¿Qué tiene Fernando de Ariadna y viceversa?

En todos mis personajes hay mucho de mí, es imposible que no sea así, pero siempre evito hacer un análisis autobiográfico de cada uno de ellos. Una vez que les doy vida en una novela o en una obra de teatro se convierten en seres autónomos. Será el lector y el espectador quien decida qué ve del dramaturgo tras el personaje…

No solo eres dramaturgo, sino que también escribes novela juvenil. ¿Cuál es tu objetivo primero cuando escribes?

Comunicar. Mi único objetivo es buscar el modo de convertir en ficción aquellos temas que me preocupan y, en especial, de hacer visible lo invisible. En todas mis obras teatrales y en mis novelas, tanto adultas como juveniles, los protagonistas son los invisibles, aquellos de quienes habitualmente no se habla, la vida cotidiana que creemos carente de épica y que, sin embargo, es una materia narrativa fascinante y necesaria. Todo aquello que no se escribe, no existe: por eso en mi literatura busco e invento nombres para las realidades diversas que creo que deben tener cabida en páginas y en escenarios.

Si puedes revelarlo, ¿en qué proyectos estás embarcado actualmente?

Ahora mismo estoy a punto de sacar una nueva novela adulta, El sonido de los cuerpos, con la editorial Dos Bigotes, un thriller intimista que sale a la venta el 23 de mayo en el que, a partir de la investigación de una serie de extrañas muertes, se plantea una reflexión sobre la pareja, las diversas formas de asumir la sexualidad y la vivencia del tiempo en relación con el amor. También ando preparando el estreno de una comedia feminista, Las harpías en Madrid (www.lasharpiasenmadrid.es), que pondremos en escena en el próximo Festival de Almagro y ando escribiendo un texto nuevo que me ilusiona mucho y del que todavía no puedo hablar…

Como autor, ¿te has encontrado con la censura?

Seguramente sí, pero como no me he autocensurado nunca, no he sido consciente de ello. En ese sentido tengo la suerte de trabajar con equipos y editoriales muy valientes, como Loqueleo, Dos Bigotes o Antígona, donde me siento apoyado, respetado y, es más, donde me invitan a escribir con total libertad y a tratar cuanto tema me parezca oportuno. Así es como han surgido textos como Los amores diversos, Los nombres del fuego (www.losnombresdelfuego.loqueleo.com) o El sonido de los cuerpos (www.fernandojlopez.es/sonido-los-cuerpos), tres obras en las que siento que hay mucho de mí y que, por diversos motivos, forman en mi vida una especial e íntima trilogía.

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