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Llamo a la cineasta valenciana, Amparo Climent, para hablar con ella sobre el documental que estrena el 8 de septiembre, Las lágrimas de África. Su voz me sobrecoge y me emociona cada vez que habla de la situación que viven las decenas de personas que esperan pacientes en el monte Gurugú, Marruecos, para intentar cruzar la valla que separa España del continente africano, o de cómo es el día a día de mujeres y niños en el campamento de Bolingo, también en Marruecos, antes de embarcar para cruzar el mar Mediterráneo. Hablamos durante algo más de media hora sobre el arte de hacer películas, sobre los refugiados, la actualidad política internacional y la pasividad que parece haber invadido Occidente, que observa como cientos de personas pierden la vida a diario, sin derramar una sola lágrima.

¿Cómo decides contar esta historia?

La historia comienza con lo que pasó en la playa de Tarajal, cuando mataron a aquellos 15 inmigrantes que intentaban entrar en España por Ceuta. La Guardia Civil les disparó pelotas de goma, botes de humo, y, a consecuencia de esa agresión,15 chicos murieron. La noticia me impacto muchísimo. Coincidió, además, que en ese momento se veían muchas imágenes de los subsaharianos que saltaban la valla de Melilla. Decidí ir a la frontera sur, conocer en primera persona lo que estaba pasando allí. A partir de ahí me di cuenta de todo lo que estaba ocurriendo y mi interés por el tema de la emigración se acrecentó mucho más.

africa

Diriges, grabas, produces ¿fue un rodaje difícil?

Sí, pero la primera intención no era hacer una película. Era, primero conocer aquello y luego ver qué es lo que podía hacer a nivel artístico. La primera idea fue hacer alguna exposición con algún trabajo para denunciar la situación. Cuando estuve allí y me entregaron sus dibujos hice la exposición y la llevé al Parlamento Europeo. La película vino después, cuando pensé que sería bueno cerrar este ciclo con una película de cómo viven y cómo es su día a día. Estuve dos años viajando a la frontera sur, conviviendo con ellos y viviendo en los campamentos, llevaba mi cámara, mi sonido y todo lo hacía yo. Al final lo monté y lo produje. Lo hice prácticamente sola. Después monté un crowfounding donde participaron más de 300 mecenas y, gracias a ellos, pude terminar la película.

¿Cuántas horas de grabación tenías para Las lágrimas de África y cómo decidiste qué tenía que formar parte del metraje final?

Tenía muchísimas horas de grabaciones, con algunas escenas muy duras, no las quise utilizar. El guión lo rehice varias veces porque no sabía cómo contar esta historia. No quería sacar los videos de violencia porque me parecía que la violencia estaba precisamente en no utilizar esa violencia, era mejor provocar en el espectador una agresión ante lo que no se estaba viendo, que el propio espectador imaginara lo que estaba pasando esa gente. Ver la vida cotidiana de esa gente provoca mucho desconsuelo. Fue difícil renunciar a muchas tomas que me gustaban pero que era mejor no contar de esa manera.

¿Por qué lanzarse en solitario?

Esas cosas a veces es complicado, porque si esperas que otra persona decida tener la misma iniciativa que tú, los mismos intereses que tú, es difícil, cada uno tiene sus tiempos. Yo creo que las cosas al final no se hacen o porque nos justificamos o porque somos incapaces de hacerlo solos. Yo quería hacerlo y no quería estar supeditada a nadie ni a nada, entonces decidí que me iba. Si alguien quería venir, por mi bien, pero si no, me iba de todas formas. Entonces lo hice sola, no porque me guste si no porque estaba sola realmente en este proyecto. Además para mí también era más fácil moverme sola, por ejemplo, al subir el monte Gurugú y sortear los controles militares.

¿Cómo te sentiste la primera vez que subiste al Gurugú?

Uff. La primera vez que subí al monte Gurugú fue un shock absoluto para mí porque llegamos allí, fue con un periodista que ya había subido algunas veces, y me quedé en estado de shock porque todo aquello era un paisaje de plásticos azules y, de repente, empezaron a salir de todas partes cientos de subsaharianos que se acercaron a nosotros y nos rodearon. No sentí miedo, nunca jamás he sentido miedo, pero sí una sensación de “pero y esto qué es”, de no poder entender lo que estaba pasando allí. Se me saltaron las lágrimas, se me saltan cada vez que voy allí, pero la primera vez fue demasiado para mí.

Al final del documental se puede ver cómo cumples tu promesa de llevar al Parlamento Europeo los dibujos de los inmigrantes que esperan para saltar la valla o cruzar el mar Mediterráneo, ¿cómo te recibieron?

Fue muy curioso porque para la exposición fuimos un grupo de, al menos, veinte personas en el que había catedráticos, fotógrafos, activistas, artistas. La exposición se puso en una zona de paso hacia la cafetería del Parlamento, era muy curioso porque por ahí pasaba todo el mundo y sus reacciones eran muy curiosas también. Dependiendo de la reacción sabías a qué partido podía pertenecer la persona y había gente que se cachondeaba de las fotografías, de los dibujos, era demencial. Además, hicimos un manifiesto que leímos en el Parlamento y, bueno sí, interesó, pero nada más, no hubo luego una reacción a eso.

Es un poco, como se ve en el documental, la diferencia entre el paso fronterizo de Farhana y el campo de golf. Dos realidades diferentes, con una que no quiere ver a la otra, que no se inmiscuye en lo que pasa al otro lado.

Sí, exacto, involucrarse en algo es muy jodido. Tienes que tomar partido y el tomar partido te puede enfrentar a un determinado sector que a lo mejor no te interesa por razones personales o profesionales, por lo que sea. Y claro, todo el mundo no está dispuesto a tomar partido. Entonces ¿qué es más cómodo?, pues el “no, yo no sabía que estaba pasando eso”, mucha gente que viene a ver la película me lo dice. ¿Cómo que no lo sabíamos?, si en televisión lo están poniendo todos los días. Quizás yo lo he contado de una forma diferente, poniéndoles cara y ojos a esas personas que son como nosotros y que solo se diferencian por el color de la piel, nada más. Tienen las mismas emociones, las mismas familias, las mismas penas y las mismas alegrías. Solo han nacido en un sitio en el que les quitan los recursos naturales que tienen sus países y les someten a guerras y a expolios de las riquezas.

Cuando ha ocurrido lo mismo en la frontera de Grecia, con los refugiados sirios, parecía que toda la sociedad española se indignaba porque se les devolvía a Turquía, cuando está pasando lo mismo al lado de casa, en Ceuta y Melilla, nadie dice nada.

Claro, eso es. Con lo de Turquía todo el mundo indignado pero en la frontera de Macedonia la valla es más bajita que la de aquí, que mide 6 metros y son tres vallas y está toda llena de cuchillas de arriba abajo y, en la parte marroquí, entre las zarzas están enredadas  las cuchillas para que por la noche, cuando van a saltar, se corten el cuerpo completamente antes de llegar a la valla. Hay que ser mala gente para hacer eso. La gente decía “fíjate, lo que está pasando en la frontera de Grecia”, es terrible, y en mi próxima película lo voy a contar (Los sueños de Idomeni, que Climent prepara con su hijo, también cineasta), pero cuidado que está pasando en nuestro país pero no queremos verlo.

¿Hemos perdido nuestra humanidad?

Creo que sí. Hemos puesto el chip de que lo vemos en la televisión y es algo que no va con nosotros. Es algo que ocurre por ahí y nos da igual. Nos hemos hecho fríos, insolidarios. Es una pena pero es verdad, no somos capaces de reaccionar ante nada. Por eso pienso ¿qué tiene que suceder para que saltemos de la indiferencia? Da igual que veamos un niño muerto en la playa, que veamos a estos chicos heridos, lo que veamos da igual. Nos acordamos lo que dure la noticia en televisión y luego ya a otra cosa, y si me molesta mucho la noticia cambio de canal.

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