El cine siempre ha encontrado en la literatura una gran fuente de inspiración. Los libros son una mina de oro para los ejecutivos, guionistas y directores de Hollywood que buscan sorprender al espectador con una gran película. Por mucho que las encuestas se empeñen en que un alto porcentaje de la población no abra un solo libro al año, cada una de sus páginas encierra un amplio universo en el que Hollywood ha sabido ver un importante filón.

Es una constante habitual toparnos todos los años con películas que son adaptaciones de los grandes bestsellers más recientes. Esta fiebre se ha visto potenciada con el notable éxito de películas como El código Da Vinci o los universos fantásticos de Harry Potter, El señor de los anillos o Juego de tronos, libros de rotundo éxito de los que la industria del séptimo arte ha sacado un enorme partido.

La famiglia de El Padrino de Francis Ford Coppola; la historia del psicópata Norman Bates en Psicosis de Alfred Hitchcock; el amor imposible entre Noa y Allie en El diario de Noa de Nick Cassavets; el caníbal Hannibal Lecter de El silencio de los corderos y El dragón rojo; o las memorias de la geisha Sayuri, son sólo algunos ejemplos de los cientos de adaptaciones que han conquistado al público, con mayor o menor éxito.

Adapta y ¿triunfarás?

Pero, a pesar de que la industria haya encontrado una muy buena fuente de inspiración en la literatura, estos últimos años está abusando excesivamente en su intento por llevar toda novela, más o menos decente a la pequeña o a la gran pantalla. La moda está ahora en adaptar todo lo que tenga éxito en el mercado literario.

Las sagas juveniles están siendo adaptadas en masa, desde Los juegos del hambre hasta la saga Divergente pasando por Crepúsculo, Harry Potter o El corredor del laberinto. Y, aunque muchas de estas adaptaciones han gozado de cierta salud en su recaudación en las salas de cine, no dejan de ser adaptaciones de escasa originalidad.

Norman Reedus y Andrew Lincoln en la adaptación de The Walking Dead, el cómic de Robert Kirkman.
Norman Reedus y Andrew Lincoln en la adaptación de The Walking Dead, el cómic de Robert Kirkman.

Los cómics son otro de los principales afectados por la fiebre de la adaptación. Series como The Walking Dead, Arrow, Agentes de Shild, Agente Carter, Daredevil o Preacher; películas como las infinitas adaptaciones de Mavel o DC Comics, V de Vendetta, Kick Ass o Kingsman beben directamente de las viñetas en las que encuentran toda su esencia.

Éxitos literarios como la saga Millennium del fallecido Stieg Larsson o novelas como La vida de Pi de Yann Martel o La ladrona de libros de Markus Zusak, son sólo algunos ejemplos de maravillosas historias que no se les ha hecho justicia en sus adaptaciones cinematográficas.

¿Es mejor el libro o la película?

Una pregunta habitual cada vez que aparece una adaptación de alguna obra literaria y que, desde mi punto de vista, es totalmente innecesaria. La literatura crea universos infinitos que son una interesante mina de oro para unos estudios cinematográficos, generalmente anclados en la falta de originalidad. Evidentemente, son dos productos culturales independientes y, aunque el cine busque hacer una adaptación del libro, el creador siempre es libre para experimentar y desviarse de los caminos ya trazados para presentarnos una nueva historia sustentada en una obra literaria.

Stanley Kubrick dirigiendo a Jack Nicholson en la adaptación cinematográfica de El resplandor.
Stanley Kubrick dirigiendo a Jack Nicholson en la adaptación cinematográfica de El resplandor.

Uno de los ejemplos más notables de esta división creativa es El resplandor, la película de 1980 dirigida por Stanley Kubrick y basada en la novela homónima de Stephen King (el escritor cuya obra ha sido más veces adaptada). El escritor considera que Kubrick desvirtuó el potencial de la historia del Hotel Overlook y nunca se mostró contento con el trabajo de éste. Desde entonces, King se ha acostumbrado a formar parte del proceso creativo de cada una de sus adaptaciones que, si bien es cierto que se alejan en puntos específicos de su obra literaria, sí

que siguen los parámetros generales de sus historias.

Otro ejemplo de ferviente actualidad es la adaptación de la saga literaria del estadounidense George R.R. Martin, Canción de hielo y fuego, que David Benioff y D. B. Weiss han adaptado como Juego de tronos para la cadena estadounidense HBO. Aunque la serie sigue, en líneas generales, la titánica obra de Martin, se aleja en puntos que el escritor asume como fundamentales para el desarrollo de la historia. Muchos personajes de Canción de hielo y fuego desaparecen en la serie de HBO. Hasta el extremo de que uno de ellos vuelve a la vida en la obra de Martin y seguirá muerto en la serie de Benioff y Weiss. Por tanto, es probable que el desenlace de la saga difiera en algunos puntos porque son dos productos culturales diferentes.

Aún así hay autores que se niegan constantemente a que su obra cobre nueva vida en la gran pantalla. Uno de los mejores ejemplos es el español Carlos Ruiz Zafón que lleva años rechazando los suculentos contratos de la industria cinematográfica (americana y española) para que ceda los derechos de la saga que inició con La sombra del viento. Según defiende el propio escritor, no es necesario adaptar ninguna obra literaria porque ya desprenden vida propia en las páginas de los libros.

Lo que está claro es que la moda de las adaptaciones literarias está lejos de acabarse y que las adaptaciones de videojuegos amenazan con hacerse cada vez mayores. Una moda que demuestra que el cine convalece falto de ideas y carente de originalidad.

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