No hay periodismo sin pasión

Fallos de diseño y problemas varios de lanzamiento al margen, parece que Nintendo Switch va por buen camino. Su principal y única joya por el momento, Zelda: Breath of the Wild, ha salido incluso mejor parada. El éxito de crítica y público cosechados, con nueve de los diez principales medios especializados otorgándole notas de 10, ha supuesto una de las más brillantes puestas en escena de una nueva consola que se recuerdan. No obstante, ante semejante aluvión de alabanzas, no han tardado en surgir voces críticas y escépticas respecto a la deshonestidad del periodismo de videojuegos, envuelto en una crisis de identidad y credibilidad desde hace varios años.

Zelda

No hay ningún videojuego perfecto, y Zelda: Breath of the Wild tampoco lo es. Aún así, ¿qué hay de malo en ponerle un 10?

Todos, crítica, público y detractores coincidimos en que no hay nada perfecto en este mundo, sobre todo a la hora de valorar algo tan subjetivo como la calidad de una obra. Una misma historia puede calar más o menos en alguien dependiendo de sus circunstancias personales y del contexto exacto en el que haya disfrutado de ella. Objetivamente, ni Zelda: Breath of the Wild, ni Ocarina of Time, ni Final Fantasy VII ni ninguno de los considerados como mejores juegos de la historia es perfecto. Sin ir más lejos, el desarrollo de este último Zelda, aun siendo revolucionario en el contexto de la saga, puede no satisfacer a los más puristas seguidores de Link, precisamente por ese abandono de muchos de los fundamentos más básicos de la franquicia. Para otros, más abiertos a novedades y evoluciones, supone un necesario soplo de aire fresco tras más de 30 años de historia. Todo, absolutamente todo, es cuestión de perspectiva.

Aún así, ¿de verdad un ’10’ significa la perfección absoluta en un producto? ¿Acaso un ’10’ no simboliza una experiencia, una forma de entender y vivir una obra determinada, más que una valoración objetiva de todos sus apartados? Obviamente resulta imposible entender Zelda: Breath of the Wild al margen de los retrasos en su lanzamiento y de las incógnitas que rodearon a su desarrollo durante bastantes años. Había muchísimas ganas, tanto de los aficionados como de los periodistas (quienes también son personas), de disfrutar de este Zelda. Y si después de años de espera y del lanzamiento de una consola de por medio, el juego cumple con las altísimas expectativas depositadas a su alrededor, ¿por qué ponerle un 10 desata semejante revuelo? Algunos casos parecidos, como The Last Guardian o Final Fantasy XV, se encontraron con un recibimiento más templado de la prensa de videojuegos, rondando el 8 de nota media. Quizá unos no estuvieron del todo a la altura, y otro sí.

Zelda

Renunciar a los sentimientos equivale a vaciar de sentido a un videojuego

Sin embargo, el caso de Zelda y la oleada de acusaciones (de un grupo minoritario pero ruidoso) hacia los periodistas no hacen sino evidenciar la crisis de madurez de la prensa especializada y de la propia audiencia. Desde siempre, y antes muchísimo más, el periodismo de videojuegos ha pecado de cierto “fanboyismo” a la hora de informar sobre la industria. Y a estas alturas, después de que Internet haya perdido totalmente la inocencia e ingenuidad con la que había nacido, el rumbo debe ser distinto. No obstante, también los consumidores deben ayudar en esta labor. Hace un par de días, por ejemplo, Jim Sterling (uno de los críticos con mayor influencia en el mundo anglosajón) publicó su crítica sobre Zelda. Su “7”, una nota bastante consecuente con la línea general de su análisis, bajó la media de Breath of the Wild del 98 al 97 en Metacritic. Poco después, su página web se vino abajo por decenas de ataques DDoS de aficionados que no comulgaban con sus opiniones. El problema, así, no es sólo de los que producen, sino también de los que consumen.

En cualquier caso, y vaya por delante la independencia y profesionalidad de sus publicaciones, el periodismo de videojuegos no puede renunciar a los sentimientos y emociones inherentes a esa industria. Quienes escriben en este medio, antes que profesionales, han sido y son aficionados. En cierta manera, comparten con la audiencia ese vértigo y amor de quienes conforman este mundillo. Por ello deben aprovecharlo para aproximar su visión a la del público objetivo, sin caer en la lucha sin sentido de un pequeño grupo obsesionado por reafirmarse por encima de los demás, o por ver tramas y conspiraciones donde solamente hay trabajo y dedicación. O lo que viene a ser lo mismo, que medios y audiencia maduren conjuntamente, y no por separado.

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