Los modales hacen al hombre… Otra vez

Eggsy (Taron Egerton) ha vuelto. Tras las aventuras de Kingsman: El servicio secreto (2014), y sin olvidar nunca a su mentor Harry (Colin Firth), se ha convertido en uno de los mejores agentes de Kingsman, a la vez que se ha establecido en una vida adulta con novia formal -protagonista de una de las escenas más polémicas de la primera parte- dejando un poco atrás su faceta chav, aunque manteniendo su estilo. Sin embargo, un encuentro con Charlie Hesketh (Edward Holcroft), que se quedó a las puertas de entrar en Kingsman, le llevará a él y a toda la organización a un problema relacionado con la excéntrica villana Poppy (Julianne Moore) y su negocio de narcotráfico, que amenazan con aniquilar a buena parte de la humanidad. Este problema los llevará hasta la organización Statesman, donde se encontrarán con la ayuda de Whiskey (Pedro Pascal), Tequila (Channing Tatum), Ginger (Halle Berry) y un viejo amigo muy especial.

De nuevo de la mano de Matthew Vaughn, en esta segunda parte la esencia Kingsman se mantiene intacta desde el primer minuto de la película, con una increíble persecución nocturna por las calles de Londres. El espíritu gamberro que lleva al extremo todos los tópicos de las películas de espías sigue presente, inaugurándose en esta segunda cinta con uno de los más emblemáticos: La destrucción de toda la organización espía que centra la trama. Este giro, junto a otros mal vistos por la crítica pero sorprendentes para el espectador -a no ser que este último haya acudido a uno de los actuales mejores amigos del spoiler: el tráiler-, mantienen el factor sorpresa de la saga, que presenta una trama más consolidada y tranquila por no tener que estar contando el origen de los personajes, como cualquier buena segunda parte que se precie.

Por otro lado, la fórmula del villano icónico que pretende recordar a las primeras películas de James Bond -dato que incluso se nombra en la película- se intenta retomar de su primera parte, aunque otra vez acaba siendo un villano desaprovechado, y esta vez un poco más plano que su antecesor Valentine (Samuel L. Jackson). Poppy, una narcotraficante escondida en una pequeña América estadounidense de los años 60 montada en una jungla remota, consigue presentar un personaje con una fuerte e inestable personalidad, pero que no consigue dar juego por su poca presencia en plano. De hecho, lo que más le roba protagonismo a esta villana -aunque suene extraño- son las escenas de su rehén, Elton John, que consigue ganarse al público en poco tiempo. A esta ‘empresaria’ se le suma Hesketh, que vuelve de la épica escena explota-cabezas del final de la primera parte con nuevo look y brazo biónico incluido, aunque sin mayor trascendencia que arreglar cuentas pendientes con el Eggsy que anteriormente le quitó el puesto en la organización. Por desgracia, esto no sólo pasa con los villanos. En Kingsman: El círculo dorado encontramos secundarios de lujo, usados en los carteles promocionales aunque totalmente desaprovechados en la película, como Halle Berry y el esperado Channing Tatum, al que Pedro Pascal eclipsa durante toda la película.

¿Segundas partes nunca fueron buenas?

En definitiva, en esta nueva entrega encontraremos más espíritu Kingsman que nunca, con un mundo más abierto y con más personajes con un fondo mucho más profundo para cada uno, un reparto equilibrado que, aunque engaña en la promoción de la película, no decepciona; a cambio de un conflicto con una villana que no consigue destacar comparándola con su homólogo de la primera parte y con mucha menos acción ‘gore’ que su predecesora. Aún así, El círculo dorado consigue mantenerse en lo que construyó El servicio secreto, una saga que gracias a la firma de Mark Millar ha conseguido reinventar su género.

no apta para perrunos

 

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