¡ALERTA DE SPOILERS!

Este artículo contiene spoilers de Lost (Perdidos) y está pensado para aquellos que la han visto y amado. Así que si no la has visto no sigas leyendo y hazte el favor de empezarla.

Carta de amor a LOST por su decimotercer aniversario

22 de septiembre de 2004. Ese fatídico día. Desmond Hume no gritaba en vano esta fecha, extasiado cara a cara con John Locke en la season finale de la segunda temporada de Perdidos. El 22 de septiembre de 2004, el vuelo 815 de Oceanic se estrellaría en una isla que no aparecía en ningún mapa. Los supervivientes del accidente no podían ni imaginarse lo importante que esa isla iba a ser para sus vidas. Ni los misterios que esta albergaba. Ni los lazos que se forjarían entre ellos en el viaje que les esperaba. De la misma forma, fuera de la isla, en el mundo real, el 22 de septiembre de 2004 todo cambió para muchos: Lost llegó al mundo. The beginning of the end.

lost perdidos

Tenía yo nueve añitos en aquel verano de 2005 cuando, viendo la tele en familia, la primera de televisión española concretamente, acabó el programa que en ese momento estábamos viendo. Empezaba entonces otro programa que le seguía en la aburrida parrilla televisiva veraniega, pero no cambiamos de canal. No apagamos la tele. De repente, con la intensidad de una inyección asestada con violencia, el ojo de un hombre se abrió. Mi pupila se contrajo junto a la del personaje de aquello que parecía ser una película. El hombre, que más tarde descubriría que se llamaba Jack, se levantó del suelo y miró a su alrededor, confuso, rodeado por un bosque de bambú. A lo lejos, gritos de desesperación. ¿Qué había pasado? ¿Cómo había llegado ese hombre ahí? Jack echó a correr a toda velocidad al rescate, para acabar dando con una playa paradisíaca en la que se desarrollaba una escena dantesca. Los restos del fuselaje de un avión reposaban sobre la arena, y los supervivientes gritaban asustados, rodeados de metal, sangre, llamas y cadáveres. Jack debía hacer algo. Y yo ya estaba enganchado.

Con el tiempo aprendería que Jack siempre tenía que hacer algo, siempre tenía que ayudar a los demás. También descubriría que aquello no era una película, sino una serie de televisión estadounidense que ahora se estaba emitiendo en España. Una serie que se llamaba Perdidos y que, de una forma u otra, me cambiaría para siempre.

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La serie de J.J. Abrams, Carlton Cuse y Damon Lindelof me inició como espectador de series televisivas y forjó desde pequeñito mi gusto y criterio particular por la ficción. Con los años, éste ha ido evolucionando, pero Lost supuso un punto de inflexión o, más bien, un punto de partida en mi búsqueda voraz de historias que me calasen tan hondo como aquella que descubrí casi por casualidad en esa lejana tarde de verano.

Perdidos, o Lost, como empecé a llamarla más tarde, es una serie especial por muchos motivos. Se trata de una serie coral, con muchos personajes a los que se concede una gran importancia individual. He discutido muchas veces con amigos sobre cuál es el mejor personaje de la serie y jamás he podido decidirme por uno. Hay muchos personajes, todos están genialmente desarrollados y resultará difícil que no puedas empatizar con ellos y comprenderlos a todos:

Jack Shepard, Kate Austen, John Locke, James “Sawyer” Ford, Sayid Jarrah, Hugo “Hurley” Reyes, Sun y Jin Kwon, Claire Littleton, Charlie Pace, Michael y Walt Lloyd, Shannon Rutherford, Boone Carlyle, Rose y Bernard Nadler, Desmond Hume, Penny Widmore, Juliet Burke, Ana Lucía Cortez, Elisabeth “Libby” Smith, “Mister” Eko Tunde, Charlote Lewis, Michael Faraday, Miles Straume, Frank Lapidus, Richard Alpert, Benjamin Linus, Danielle Rousseau… Jacob y el Hombre de Negro…

Todos los personajes son carismáticos, todos son muy distintos entre sí, todos tienen peso en la trama y todos nos acabarán enamorando por alguna u otra cosa. Y eso que me he dejado personajes en la lista. De todos ellos se podrían sacar varias frases memorables de esas que nos han marcado a los losties: “Live together, die alone”, “Don’t tell me what I can’t do”, “I see you in another life, brotha”, “Not Penny’s Boat”, “We have to go back”, “The numbers are bad” o, simplemente, “Dude!”. Son frases que definen a los personajes y que hacen referencia a momentos climáticos de la trama. Lemas que se graban a fuego en nuestra memoria y en nuestro corazoncito seriéfilo.

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La estructura inicial de Lost, una de sus grandes particularidades y aciertos, utilizaba el recurso del flashback para permitirnos conocer en profundidad a cada uno de los personajes. Cada capítulo se centraba en uno de ellos, narrándonos en cada caso sus peripecias en la isla junto al resto de supervivientes e intercalándolas con sus vidas pasadas, antes de tomar el vuelo 815 de Oceanic. Esto nos ayudaba a entender el comportamiento  de los supervivientes en la isla. No tardaríamos en descubrir que sus destinos estaban conectados mucho antes de que se conocieran en ella. Más tarde, como con todo en Lost, se le daría una vuelta de tuerca al recurso del flashback en las temporadas cuarta, quinta y sexta, en las que utilizarían e intercalarían, respectivamente, los flashforwards, los viajes en el tiempo y, atención, los flash sideways, es decir, saltos a realidades paralelas. Guau. Todo esto, sin dejar de lado los flashbacks y jugando con el espectador y su capacidad para seguir los saltos temporales de una manera cada vez más enrevesada y genial. Los momentos en los que éramos capaces de unir todos los puntos de la trama que hasta entonces parecían aislados eran (y aún son) toda una experiencia. Casi como una revelación divina. Alabado sea Jacob.

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Otro de los puntos fuertes Lost es que es una serie que lo tiene todo: misterio, tensión, suspense, terror, acción, fantasía y ciencia ficción. Tiene un gran sentido del humor, tiene romance y tiene violencia. Una serie sobre náufragos que tienen que sobrevivir en una isla que, flashback mediante, podía convertirse en una serie policíaca, de investigación criminal, de atracos, de médicos o de juicios. Perdidos es un dramón lacrimógeno y a la vez una trepidante aventura. Da pie a variopintas reflexiones filosóficas o religiosas, y toca mil y un temas distintos a lo largo de sus 121 episodios. Es una serie divertida y excitante a la par que desgarradora. Es un todo en uno completo con patatas y viajes en el tiempo. Esta mezcolanza de géneros podría carecer de coherencia si no fuese por lo bien dosificados que están los distintos registros que definen a Perdidos.

Además, nada de esto tendría sentido sin la labor de cohesión que realiza la maravillosa banda sonora de la serie. El maestro Michael Giacchino, habitual secuaz de las producciones de J.J. Abrams, ganador de un Óscar por su trabajo en Up y culpable de que se me pongan los pelos de punta cada vez que escucho “Moving On”, es el responsable de que Lost esté un nivel por encima de cualquier otra serie que haya visto hasta la fecha. No es normal, ni siquiera a día de hoy, trece años después, que una serie de televisión cuente con una banda sonora tan compleja, grabada con grandes orquestas y compuesta para cada capítulo en particular. Menos mal que optaron por dejarse los millones en este apartado. Chapó.

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La música de Giacchino para Perdidos sigue siendo mi favorita de entre todas las composiciones de este autor que he escuchado. Tuvo seis temporadas para desarrollar cada uno de los motivos que utiliza en la serie. Cada personaje tiene una melodía, y existen distintas situaciones emocionales que se definen con su propio tema musical. La música acompaña a los personajes durante toda la serie, y a veces nos dicen más sobre lo que están sintiendo unas leves notas al piano o un desgarrador chello que los propios personajes. Las melodías evolucionan junto a ellos, se relacionan y combinan, aparecen nuevo temas junto a nuevos personajes, convergiendo finalmente en la polémica preciosa secuencia que da cierre a la serie. Apoteósico. Ya me estoy emocionando otra vez.

Pero qué sería de Perdidos sin su extensa y apasionante mitología, sin sus intrincados misterios, sus pistas escondidas y sus referencias secretas: paralíticos que vuelven a caminar, la Iniciativa Dharma, sus estaciones y cintas de vídeo, los osos polares, los experimentos biológicos y sociológicos, el poder del electromagnetismo, los Otros, Jacob, los templos, el Humo Negro, la estatua de cuatro dedos, los números, las conexiones entre los personajes… Son tantos los misterios que resulta difícil enumerarlos todos. La historia de Lost abarca muchos personajes, muchas localizaciones y muchos, muchos años. Literalmente, miles de años. Los misterios más recónditos llegan hasta la antigüedad, por lo que la escala de los acontecimientos de Lost adquiere una dimensión histórica. De esta forma, lo que les ocurre a los supervivientes del vuelo 815 de Oceanic Airlines es tan solo la punta del iceberg de algo más profundo, más elevado. Forman parte de algo más grande. Han sido elegidos por la Isla. Y digo “la Isla” con mayúsculas porque ésta, desde el principio, se plantea como un personaje más, el más misterioso de todos, de hecho. Un ente con capacidad para decidir y con poder sobre el sino de los protagonistas. Sin duda, John Locke no se equivocaba al decir que la Isla era un lugar especial.

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Llena de giros inesperados, rizando el rizo cada vez más, Lost se convirtió en la serie madre de los cliffhanger por excelencia. Es raro el capítulo que no termina con un giro dramático o apuntando hacia ideas que no nos imaginábamos que pudieran ser reales, todo esto acompañado de los clásicos y contundentes efectos de sonido que Giacchino usaba como desenlace. Cada inicio y final de temporada en Perdidos es fantástico. Todas empiezan de forma que descolocan al espectador, que no sabe muy bien dónde ubicar la escena en el espacio-tiempo ni cómo gestionar la nueva información, cuando un giro maestro nos revela lo que necesitábamos saber y nos vuela la cabeza. Y ya estamos más que listos para una nueva temporada de Lost. Los finales de temporada, por su parte, han funcionado como súmmum y clímax a las tramas de cada una, al mismo tiempo que planteaban nuevas cuestiones que nos hacían desear con ansias la llegada de la nueva hornada de capítulos, muchas veces con lágrimas de emoción y los ojos como platos.

Todas estas características (las múltiples líneas temporales y los saltos de una a otra, los numerosos personajes y misterios, los giros de la trama…) hicieron de Lost una serie perfecta para que los fans dieran rienda suelta a su imaginación, buscando mil y una teorías que dieran sentido a todo ese amasijo de pistas contradictorias que la serie iba dejando poco a poco. En un mundo en el que internet apenas empezaba a tener la relevancia que tiene hoy en día, los foros echaban humo, y ríos de tinta virtual se derramaban hablando de los 6 del Oceanic, de dioses, viajes en el tiempo y osos polares en islas tropicales.

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Y es que Lost fue una de esas series que abanderó el cambio en la forma en que la audiencia consumía ficción televisiva. Ya no importaba que en tu país no emitieran tu serie favorita, podías ver cada capítulo por internet (aunque a peor calidad) con apenas retraso con respecto al estreno original. Esto obligó a muchos a leer subtítulos (entre los que me incluyo), y ver los contenidos en versión original empezó a hacerse cada vez menos minoritario. La época de los spoilers había nacido, había que empezar a tener cuidado en el incipiente internet si no habías visto el último capítulo. Y si había que esperar una semana para saber qué pasaría después, era el momento perfecto para fantasear y teorizar en los foros.

Pero entonces, tras tantos misterios y giros de la trama, tras tantas teorías y pesquisas, ¿Lost tuvo sentido? ¿Se resolvieron todos los cabos sueltos? ¿El final fue una estafa? La respuesta a todo esto es compleja, y depende de las expectativas que cada espectador tuviera con la serie. La madrugada del 23 de mayo de 2010, tal era la fiebre por descubrir el desenlace de tan legendaria serie, que el canal Cuatro, que por aquel entonces la emitía, decidió darlo todo por su audiencia y ofrecer el capítulo final en diferido con respecto al estreno en Estados Unidos, con media hora de retraso para que el equipo de la cadena pudiera subtitularlo en castellano antes de emitirlo. Un episodio doble de casi dos horas de duración. El final de una serie legendaria. Era una tarea titánica y muy arriesgada. Muchos fuimos los españoles que decidimos aprovechar esta iniciativa para saber cuanto antes qué pasaría con Jack, Kate, Sawyer y tantos y tantísimos personajes con los que habíamos compartido inolvidables aventuras durante seis años.

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Yo tenía catorce años cuando ese día llegó. Le pedí permiso a mi profesora de lengua para poder llegar más tarde el día siguiente, pues quería ver el final de Perdidos. Mi sorpresa llegó cuando mi profesora me confesó que ella estaba más enganchada que yo, animándome a verlo y a compartir con ella mi opinión más tarde. Llegó entonces el día en que Lost terminaría, en el que se daría por zanjada una historia a la que, aparentemente, aún le quedaban muchos cabos sueltos por resolver. Durante toda la última temporada, fuimos testigos de una línea temporal alternativa (a través de los flash sideways) que desde el principio asumimos que había sido causada por los trasteos con los viajes en el tiempo que se dieron en la quinta temporada y con la resolución final del incidente en los años 70, en los tiempos de la Iniciativa Dharma. Craso error.

Era el día indicado, la hora indicada y en la tele ya estaba sintonizada la cadena Cuatro. Solo quedaba disfrutar. Sin embargo, esto fue complicado. A pesar de los esfuerzos de la cadena por ofrecer Lost a sus tele-espectadores lo antes posible, los errores técnicos fueron inevitables. Fallos de sincronización en el subtitulado, traducciones confusas, escenas que se saltaban de repente… Fue un poco caótico, lo que sin duda pudo afectar mucho en la recepción que el público tuve sobre el desenlace. Yo mismo estaba decepcionadísimo cuando acabé de ver el capítulo. ¿Cómo podía acabar así? ¿Y todos esos misterios sin resolver? ¿A qué vienen esas patrañas del más allá? Era decepcionante. Estaba enfadadísimo. No había entendido el final.

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Volví a ver el episodio, con tranquilidad y sin fallos técnicos. Reflexioné durante un tiempo. Y entonces sí lo entendí. Muchos dicen, como yo pensé tras verlo por primera vez, que el final de Perdidos fue una paja mental, un Los Serrano en toda regla, algo que se cargaba todo lo que había ocurrido hasta entonces en la serie. Muchos pensamos que el mensaje final de Lost fue que nada había ocurrido en realidad, que las vivencias en la isla fueron algo así como una ilusión, y que por alguna razón todos morían al final en paz, abrazándose en una iglesia. Pero no. La última temporada de Lost es un engaño. El último gran engaño. Y nosotros caímos de lleno. Los protagonistas nunca pudieron cambiar el pasado, nunca crearon una línea temporal alternativa en la que todos se habían salvado. No hicieron más que cerrar el círculo, seguir los designios de la Isla para que todo ocurriera como debía ocurrir. La línea temporal alternativa correspondía, desde el principio (y hay muchos detalles que nos lo van avisando), a un mundo más allá, un limbo en el que todos pudieran reunirse, todos los que habían sido elegidos por la Isla, antes de continuar hacia adelante, hacía lo que quiera que haya más allá de la muerte. Y al final, Jack consigue restablecer el corazón de la Isla, sacrificándose por los demás. Jack siempre tenía que ayudar. En la línea alternativa, vemos a los personajes reencontrarse y reconciliarse, tras tantas vivencias juntos. Mientras, en la Isla, vemos a Jack dando sus últimos pasos, haciendo el recorrido inverso que realizó cuando despertó por primera vez en aquel bosque de bambú. Sonríe y mira al cielo, mientras un avión el pasa por encima llevando a sus amigos de vuelta a casa. Y Michael Giacchino de fondo. Precioso.

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Sí, es algo muy metafísico y fantasioso pero, ¿desde cuándo Perdidos no ha sido una serie fantasiosa? Desde el principio se nos dijo que la Isla era importante, importante para la existencia de la vida y de la muerte, importante en la lucha por el equilibrio entre el bien y el mal, con poderes extraordinarios que están fuera de lo que consideramos normal en la vida mundana. La Isla siempre ha sido especial y ha hecho cosas especiales. La naturaleza exacta de su comportamiento se nos escapa, pero no es necesaria una gran revelación para que ésta siga teniendo una presencia imponente.

Al final, Lost no fue una serie sobre misterios, sino sobre sus personajes. El hecho de que los protagonistas se perdieran en una isla los lleva a darse cuenta de que estaban, literalmente, perdidos en sus vidas. Pero la Isla les cambia, la gente que allí conocen, las cosas que allí viven, les hacen ser otras personas y, más tarde o más temprano, encontrarse a sí mismas y estar en paz. Aunque esto tuviera que ocurrir después de la muerte. Muchos de los misterios que aparentemente quedaron en el tintero pueden responderse uniendo las pistas que se habían dejado durante seis temporadas. Otros, como la existencia de una estatua de cuatro dedos, por ejemplo, no llegan a resolverse pero, ¿realmente es neceario conocer al detalle el por qué de cada cosa? ¿Es indispensable en un obra de ficción atar todos los cabos sueltos? Yo creo que no y, sin duda, tener cuestiones sin resolver del todo le da un especial encanto a Lost. Una serie que ya ha terminado pero que sigue viva dentro de los que la disfrutamos, y sobre la que aún se puede discutir y teorizar largo y tendido. Sin duda alguna la Isla es un lugar especial. Menos mal que no cambié de canal. Menos mal que Desmond dejó de pulsar el botón el 22 de septiembre de 2004.

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Námaste
y buena suerte.

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