Después de que The disaster artist haya ganado la Concha de Oro a la Mejor Película del 65 festival de San Sebastián, es momento de hablar de The Room. La película de James Franco viene a contarnos todo lo que rodeó la filmación de la mítica película, si no la has visto, te dejará con ganas de hacerlo, y si sí lo has hecho, te reirás aún más con lo delirante de las situaciones. Ahora bien, ¿que pasa con la película original?
Voy a reconocerlo, antes de The disaster artist, no sabía nada de The room. Y mucho me temo que fuera de Estados Unidos o de círculos cinéfilos, a mucha gente le va a pasar lo mismo. Así que intentemos analizarla primero como si no supiésemos qué película es:
The Room, la cutrez sin límites
Johnny es un buen tipo, está preocupado por su trabajo y quiere a su novia Lisa. A su casa acuden habitualmente su vecino Denny y sus amigos, especialmente su mejor amigo Mark. Lisa un día se aburre de su relación con Johnny y decide engañarle con Mark, haciendo que nada vuelva a ser lo mismo.
Si el argumento parece de un drama televisivo, el resto está aún más detrás. Fotografía y actuaciones sacadas de una (mala) película porno, tomas enteras fueras de plano, diálogos ridículos y subtramas lamentables. Éstos son sólo algunos de los fallos de la película escrita, dirigida, producida y protagonizada por el extraño Tommy Wiseau. Este trabajo podría haber quedado en las cajas de saldos como otros tantos o cómo un mero ensayo actoral, pero The Room no es una película cualquiera. Ese punto de cutrez, pero sobre todo, esa intención de tomarse muy en serio hicieron del trabajo de Wiseau (que se estima que invirtió unos 6 millones de dólares de su bolsillo) una de las películas de culto más proyectadas en salas, llegando a día de hoy incluso a dar beneficios.

The Room, el espectáculo en la sala
Es que esta película no es para ver solo en casa. Fue toda una suerte que viajando por Washington tuviésemos un cine cerca del hotel. Y fue aún más suerte que ese fin de semana hicieses una de las famosas sesiones golfas americanas, donde se proyectan otros clásicos de culto como The Rocky Horror Picture Show o Eraserhead. Así que a las 12 de la noche nos presentamos sin saber muy bien que nos íbamos a encontrar.
Y nos encontramos con un grupo vestidos de traje y una pelota de rugby. Y varias personas llevando bolsas llenas de cucharas de plástico. Y mucha, mucha gente llenando la sala, la mayoría de ellos haciendo uso de la parte alcohólica de la carta de la cafetería del cine (sorprendentemente extensa, incluyendo botellas de vino y copazos).
La sala se oscureció y en la pantalla aparecieron los mismísimos Wiseau y Sestero invitándonos a ver la película y también a que si teníamos cualquier comentario, que lo dijésemos bien alto. Y así fue durante los 99 minutos que dura The Room.

Parecido pero en menor medida que pasa con Rocky Horror, The Room tiene su propio ritual de visionado. Si Denny aparece en pantalla, hay que saludarle, al igual que cuando se va. Si la madre de Lisa entra, es momento de gritar «¡Cáncer!» bien alto, para recordar una de las subtramas más estúpidas de la película. También se suele intentar hacer recordar a los personajes que cierren la puerta que tienden a dejar constantemente abierta. Pero gritos aparte, en las numerosas veces que los personajes juegan a tirarse la pelota a escasos metros, es habitual ver esa pelota volar por la sala. De la misma manera, cuando aparece alguno de los cuadros con cucharas (sorprendentemente muchos), hay que coger un puñados de cucharas y tirarlas a la pantalla.
En definitiva, como podréis suponer, lo mejor de The Room no es la película, si no el ambiente. La gente queda con sus amigos para tomarse algo y ver esta película. Es un evento festivo y no creo que haya mejor manera de disfrutar una película como esta.






