Tras un primer día ligero y más que notable en sus giros hacia la comedia (ahí están las maravillosas Non-Fiction y En Liberté!), la segunda jornada llegaba más centrada en el drama y con el gran nombre de la francesa Mia Hansen-Løve liderando la programación con su Maya; y el ruso Kirill Serebrennikov dispuesto a robar todos los focos con su Leto.
Con algo menos de repercusión pero el interés que genera su participación en secciones claves como son la Sección Oficial o la EFA, harían acto de presencia la británica Ray and Liz, la islandesa La mujer de la montaña, y la ucraniana Donbass, firmada por Sergei Loznitsa. Comenzamos el repaso de un día decepcionante en lo general, pero salvado a última hora desde Rusia a base de golpes musicales.
Ray and Liz: la gran bretaña descorazonada.
Con un cierto carácter autobiográfico, el británico Richard Billingham presenta un drama anclado de manera contundente en las memorias de una familia de clase baja. Con un tono pesimista, duro y pesado en la narración de su relato, Ray and Liz se convierte casi sin quererlo en una de esas cintas que o bien te conquistan por lo austero pero intimista de la propuesta, o bien se te vuelven cuesta arriba cuando ni siquiera ha alcanzado su segundo arco.
Ray and Liz angustiosa y violenta
Encontrándome entre los segundos, Ray and Liz no duda a la hora de ser angustiosa y violenta en lo implícito de su contexto, impidiendo cualquier tipo de empatía hacia sus protagonistas, especialmente esos dos adultos hastiados de la vida pero con la carga que parece suponerles el tener dos hijos a los que cuidar.
Con ciertos paralelismos en la crudeza de su crítica a la genialidad que supuso Loveless hace tan solo un año, donde además también era un niño pequeño el centro de peso y de atención para los sentimientos del espectador, cualquier recuerdo provoca no solo que salga perdiendo, sino que además genere una breve voluntad de desear que acabe.
Lo que más se puede aplaudir de Ray and Liz es la correcta decisión formal de volverse opresiva mediante un Academy ratio que parece no pasar de moda para el cine europeo más humilde, apoyándose en una fotografía y ambientación que complementan a la perfección ese halo de desgana y desgracia que rodea a la pareja adulta protagonista.
La mujer de la montaña: ecoterrorismo made in Islandia.
Seleccionada por Islandia para ser su representante en la próxima edición de los Premios Oscar, La mujer de la montaña llegaba con un cierto halo de misterio en torno a esa arriesgada y llamativa idea dramática. La cinta de Benedikt Erlingsson nos presenta a una mujer de mediana edad dispuesta a llegar hasta donde haga falta para combatir al sector industrial de su pueblo, arriesgando todo lo que tiene con el único objetivo de salvar el ecosistema que la rodea.
Un gran personaje femenino que sostiene la cinta
Más que correcta en lo formal, La mujer de la montaña destaca especialmente en las múltiples partidas a las que desea jugar, convirtiendo su metraje en una amalgama de diferentes películas que deberían servir al propósito final pero que lo que consigue realmente es hacerla algo más tediosa de lo deseable.
No es de extrañar sin embargo que sea esta cinta en concreto la primera en recibir grandes aplausos, suponiendo un acertado ejercicio dramático de esos que sientan bien entre el público, y con un gran personaje femenino que sostiene a la cinta ante cualquier amago de desborde.
Aun con sus momentos de ternura, que los llega a alcanzar, y a su original y agradable uso de lo musical, situado incluso en escena, con músicos que se convierten prácticamente en secundarios creando el fondo atmosférico; La mujer de la montaña no me llega a conquistar de la misma forma en que sí parece haberlo hecho con la gran mayoría del público. Quizás dentro de una semana eso sea hasta una gran noticia para la película islandesa, situada en la sección EFA y por tanto, candidata al Premio del Público del festival.
Donbass: retratos del conflicto ucraniano.
Tiene el premio a la mejor dirección del pasado Un certain regard en Cannes para el ucraniano Sergei Loznitsa (que trae al festival otras dos obras más), Donbass llegaba a Sevilla con la etiqueta de imprescindible y colocada en la Sección Oficial, dispuesta a dar batalla por el Giraldillo de Oro.
Donbass se nos presenta de una manera un tanto críptica
Con la región que da título a la película en el punto de mira, Donbass escoge el conflicto ucraniano como terreno sobre el que narrar diferentes capítulos con los que reflejar la situación actual de un país en muchas partes dividido, pero lo suficientemente resistente como para seguir en pie. Una historia que, pese a lo centralizado de su situación, puede representar no sólo una metáfora de otros muchos lugares del planeta, sino también esas constantes batallas y divisiones internas tan inherentes al propio ser humano.
Pese a que en sus primeros compases, Donbass se nos presenta de una manera un tanto críptica, sin saber muy bien el qué estamos viendo o el por qué, es imposible catalogar a esta cinta como un proyecto fallido, especialmente por la labor de su director, un Sergei Loznitsa lo que quiere mostrar en cada momento, destacando en cada respuesta que da su cámara a las preguntas de cómo rodar cada fragmento.
Es en su tercio final cuando Donbass se eleva notablemente, enlazando varios segmentos que explotan los dos extremos de su rango temático, llevando la comedia hasta el histrionismo, y el drama a la más pura violencia, rodada con pulso firme y sin recrearse en ella. Por si quedaba alguna duda de su confianza y convicción, la toma fija con la que cierra la cinta es suficiente ejemplo para quien aún se pregunte por la identidad artística del cineasta que hay detrás.
Una pena que todo lo que precede a ese tercio final de cinta mantenga un ritmo tan pausado y contemplativo, convirtiendo en un pequeño suplicio el deseo y la voluntad de llegar hasta allí.
Maya: de cuando Mia se perdió en la India.
Estrenada en el Festival de Toronto, y precedida en su filmografía por una El Porvenir que le reportó a su directora un Oso de Plata a mejor dirección en la Berlinale de 2016; Maya, lo nuevo de Mia Hansen-Løve, llegaba con las expectativas por las nubes y con la confianza plena de que nos encontraríamos frente a otra muestra más del talento y la personalidad de la cineasta francesa.
Desconcierto generado por una obra que no parece encajar
No pudo ser mayor la decepción cuando, incluso durante la propia proyección de la cinta, en la sala ya se presentía la tensión y el desconcierto generado por una obra que no parece encajar de ninguna de las maneras en ese escalón de calidad que habitualmente alcanza el cine de Mia Hansen-Løve, siempre dispuesto a adentrarse en la intimidad de unos personajes bien definidos y atrayentes para el espectador.
Protagonizada por Roman Kolinka, quien ya colaborase con Hansen-Løve en sus dos últimas cintas (Eden y El Porvenir), Maya fija su universo en torno a un reportero de guerra francés recién liberado tras meses de secuestro en Siria, y que ansioso por superar de alguna manera el trauma psicológico que reaparece diariamente en su cabeza, decide marcharse de su ciudad y viajar a la India, en una suerte de desconexión y reencuentro personal. Será allí donde se encuentre con Maya, la chica india que da nombre a la película.
De poco sirve el talento tras la cámara de una Mia Hansen-Løve
Dividida a partir de entonces en dos relatos, el que persigue esa incipiente conexión y tensión romántica entre los protagonistas, y el que trata de desencriptar el trauma presente en cada recuerdo de su mente; sorprende comprobar como Mia Hansen-Løve no es capaz de equilibrarlos, relegando al segundo a un par de escenas contadas que intentan ventilarse dicha subtrama lo más rápido posible para extenderse así hasta lo innecesario en el primer apartado romántico.
Si algo lastra, ya no solo a la relación en pantalla de los personajes, sino a la calidad general de la película, ese es el apartado interpretativo, fabricando una cinta tan aparentemente mal actuada que resulta hasta difícil de creer al verlo. Apedreada ya en su labor por una historia de amor extensa en duración pero apenas desarrollada en profundidad, además de insustancial; de poco sirve el talento tras la cámara de una Mia Hansen-Løve, que consigue salvar ligeramente los muebles gracias a que no deja caer el ritmo de la cinta en ningún momento, manteniendo la trama siempre en movimiento y a los personajes en constante acción, aun cuando esa acción implica pasividad, quizás otro de los problemas de la cinta.
Termina por maquillar la cinta un apartado visual notable, creando una atmósfera que flota por encima del nivel medio de la cinta, bañando de calidez y textura a la (por más que me duela decirlo) peor película hasta la fecha de Mia Hansen-Løve.
Siempre nos quedará confiar en su próxima Bergman Island, debut en inglés de la directora francesa con Vicky Krieps, Mia Wasikowska y Daniels Andersen Lie liderando el reparto. Pese a todo, a Hansen-Løve siempre la querremos en nuestro equipo.
Leto: música y sensibilidad, bailando en blanco y negro
Presentada en Sección Oficial del pasado Cannes y con la polémica de la no presencia de su director (Kirill Serebrennikov, quien ya tiene experiencia en el festival tras su paso hace dos años con) debido a la orden de arresto domiciliario que lo mantenía encerrado en Rusia por un presunto fraude económico con ayudas del estado de por medio, Leto llegaba al Festival de Cine Europeo de Sevilla como un rayo de esperanza en un día que parecía ya destinado a ser nefasto.
Leto alegro el día a más de un espectador
Por suerte para nosotros, fue la cinta rusa la encargada de alegrar el día a más de un espectador, olvidando durante dos horas todos las decepciones acumuladas a lo largo de la jornada cinematográfica.
Leto nos presenta el transcurso de un verano en la Leningrado de mitad de los 80, con la escena musical incipiente de fondo y los sonidos de artistas como Lou Reed o David Bowie mostrando el camino a los protagonistas de la cinta. Será el trío formado por Mike, su mujer Natasha y el joven Viktor quienes concentren nuestras miradas a lo largo del metraje, construyendo relaciones individuales que marcaran el devenir de los personajes, así como las múltiples actuaciones musicales.
Atrevida, descarada y arriesgada en su propuesta, Serebrennikov despliega todo un arsenal de recursos visuales al ritmo que marca la melodía, con puestas en escena que recuerdan al videoclip, explotadas de manera única en el siempre elegante blanco y negro, aquí también dulce en las texturas de varias de sus escenas.
Atrevida, descarada y arriesgada en su propuesta
Valiente también Leto en su decisión de olvidarse por momentos de la realidad, regalándonos minutos que juegan con lo surrealista y que no pueden resultar más eficaces a la hora de atrapar al espectador, llevándolo consigo en el imparable fluir de esta aventura musical underground.
Al contrario de lo que viene sucediendo con muchas de las películas vistas hasta ahora en el festival, que sufren de rigidez y pesadez en cuanto frenan un poco la trama; Leto se las apaña inexplicablemente para seguir y seguir hasta las dos horas de metraje, dejando pasar más de una oportunidad para cerrar de manera satisfactoria la cinta, y demostrando verdadero músculo cuando combate un posible cansancio del espectador comenzando a alargar su duración como si de un grupo incapaz de abandonar el escenario se tratase, sumando varios bises a la vez que gira hacia el desarrollo de personajes.
Un torbellino musical repleto de sensibilidad
Un golpe tras otro, cada vez más certero pero menos grandilocuente, que va reduciendo la cinta hasta un tercio final donde es la intimidad, la dulzura y lo emocional lo que justifica y mueve las acciones de los tres protagonistas. Un torbellino musical repleto de sensibilidad que vino para salvar esta segunda jornada, dejándonos con la seguridad de poder proclamarla como la mejor película hasta el momento.







