LLegamos al ecuador del Festival de Cine Europeo de Sevilla con una jornada irregular pero coronada por dos de las mejores películas vistas hasta el día de hoy, y que además comparten el mundo del arte como fondo de sus propuestas: Ruben Brandt Collector y Obra Sin Autor. Para completar las propuestas de este martes, y como no podía ser de otra manera, tocó soportar otras dos obras que pese a no ser rematadamente fallidas, carecen de total interés, tanto por sus formas como por la ejecución de sus fondos: The Happy Prince y Deva.

Ruben Brandt Collector: el arte que puebla tus sueños (y pesadillas).

Con la incógnita y el reto de ser la única película de animación colocada en la Sección Oficial del festival, y por tanto candidata al Giraldillo de Oro, llegaba Ruben Brandt Collector a las salas sevillanas. Y tras visionarla, queda claro el por qué de esa decisión.

Acechado en sus pesadillas por personajes de cuadros famosos, un psicoterapeuta de éxito se ve obligado a robar 13 obras localizadas en varios de los museos más reconocidos del mundo, por lo que junto a una banda de ladrones escogidos de entre sus pacientes, se convertirán en los fugitivos más perseguidos del mundo.

Construida como una Ocean’s Eleven para el mundo del arte, la cinta húngara juguetea de manera constante y precisa con lo físico del thriller y lo amenizable de la comedia, usando además la psicología como fondo y teniendo presente en todo momento la importancia de un subconsciente del cual sólo escapa quien consigue conquistarlo.

Ruben Brandt Collector no titubea a la hora de colocar homenajes a muchos de los grandes pintores de la historia. Por sus planos pasan desde la Margarita de Velázquez a la Venus de Botticelli, pasando por el icónico Nighthawks de Edward Hooper u homenajes al séptimo arte como el baile de Pulp Fiction o hasta cubos de hielo de reconocida silueta, maestra del suspense.

Distanciándose con gran facilidad de cualquier comparación en su diseño, Ruben Brandt Collector crea un universo particularmente único en su concepción. Un festín continuo de referencias enlazadas con la ligereza suficiente como para no agotar. Un verdadero sueño de película que termina convertido en un viaje de fascinación por la historia del arte a través de la psicología y humana.

The Happy Prince: mismo método, distinto personaje.

Resulta complicado entrar a una sala de cine cuando se sabe que lo que vas a ver, salvo sorpresa (y ojalá las hubiera más a menudo), va a ser lo mismo de siempre, ejecutado con acertada rigurosidad formal y sin ningún tipo de inventiva. Algo muy común y descaradamente predecible cuando coinciden además factores como el ser una película británica «de época» y esa espada de doble filo que supone el biopic como género (si se le puede siquiera enmarcar como propio, cosa de la que se podría hablar largo y tendido).

The Happy Prince, cinta dirigida y protagonizada por Rupert Everett, no es ninguna excepción. Con la figura de Oscar Wilde, uno de los autores más destacados de la historia de Inglaterra, en el punto de mira; son sus últimos días los que ocupan el desarrollo de la película.

Pese al reparto de prestigio que reune la cinta (actuan aquí estrellas de la talla de Colin Firth o Emily Watson), todo lo visto y expresado en la cinta carece de originalidad alguna, presentándonos la vida y la personalidad de un hombre ciertamente llamativo en su carácter, pero cuya evolución a través del guión es totalmente plana, con un Wilde reflexivo, incapaz de escapar de unas memorias repletas de desprecio público y dolor tras el tiempo que pasó encarcelado, pero decidido a vivir la vida de la manera más honesta que conoce, sin arodillarse ante quienes no aceptan su persona.

Siendo un biopic tan correcto como olvidable, The Happy Prince es una cinta que se cree pionera y sobresaliente en sus métodos, pero que realmente solo logra captar nuestra atención por el interés implícito que la vida de Oscar Wilde tiene de por sí, y quizás hasta por un fotografía preciosista en sus exteriores, a pesar de lo ostentoso que luce todo más por gusto que por necesidad.

Una obra, que pese a no ser fallida, si que demuestra que al mejor Rupert Everett, por el momento, se le sigue viendo delante de la cámara. Una de esas apuestas solo recomendables para amantes del cine británico más clacisista.

Deva: la singularidad como poder (y desgracia)

La ópera prima de la directora húngara Petra Szöcs, premiada por el festival de Venezia con una suerte de subvención para incentivar su realización, es una película marcadamente personal, pero extremadamente frustrante en su totalidad.

Con una niña albina como protagonista y unas habilidades misteriosas que marcarán el desarrollo de la cinta, Deva es una película que genera interés en lo singular de su propuesta, pero que termina por perder a sus espectadores en lo pausado e insustancial de su relato.

El mayor problema de Deva llago cuando el aspecto que genera más interés al visionarla, la maravillosa relación que une a la niña con su cuidadora, es presentado para tras solo un par de escenas compartidas, ser dejado completamente de lado, en favor del desarrollo de un carácter y autodescubrimiento a lo coming-of-age que no posee el interés deseado.

En ella me pesan también las escenas que quizás sean más necesarias para la concepción de su autora, como son esas en las que se exprime la relación de la protagonista con el entorno físico que la rodea.

Una obra que, como reconoce su directora, intenta beber del cine de Lucrecia Martel o Sharunas Bartas, pero que se queda en otra de esas propuestas de marcado carácter independiente pero insatisfactorias. Como nota positiva, sus 76 minutos de duración hacen que la frustración, al menos, no se alargue en el tiempo, pecado habitual de muchas cintas.

Obra sin autor: el recuerdo como motor a través del tiempo.

Colocada para cerrar la jornada a las diez de la noche, y con algo más de tres horas de duración, la última cinta de Florian Henckel von Donnersmarck (ganador de un Oscar a Mejor película de habla no inglesa en 2005 por La vida de los otros), no contaba precisamente con las cartas a su favor para conquistar al público de Sevilla, tras una quinta jornada en la que ya empiezan a pesar las películas y a acumularse las decepciones.

Instado y apoyado cuando pequeño a pintar por su tía, fallecida en una cámara de gas durante los años del nazismo por su estado psiquiátrico, Kurt Barnert es un estudiante de pintura colocado siempre a la cabeza de la clase, destacando gracias a un talento excepcional que no termina de explotar bajo las normas comunistas del «hacer arte para el pueblo», sin ningún tipo de personalidad y frustrado en la búsqueda de ese «yo» que no sabe cómo sacar de dentro.

Será al conocer a una joven estudiante de moda cuando todo empiece a cambiar para nuestro protagonista, alentado de nuevo por una figura femenina que de verdad cree en él, pero cuya relación tendrá que vencer a un suegro, un médico con pasado nazi, que no parece contentarse con que su hija termine junto a alguien de semejante clase social.

Obra sin autor es, valga la redundancia, una obra magna construida de manera magistral, enlazando casi continuamente sucesos del presente con imágenes del pasado y dando una sensación de solidez en su estructura que impide cualquier tambaleo en los cimientos de su historia.

Una cinta obsesionada con los desenfoques y la importancia de las personalidades propias como medio para expresar esa mirada única que nunca debe apartarse. Excepcionalmente redonda en todos sus apartados, es en su musicalidad donde consigue hacerse invencible, con una banda sonora de órdago firmada por Max Richter que acompaña y engrandece escenas ya de por sí sobresalientes en su ejecución.

Imposible no mencionar aquí las maravillosas interpretaciones, lideradas por Tom Schilling en el papel protagonista y una Paula Beer encantadora como pocas en la calidez de su personaje. Completan el reparto Sebastian Koch en un papel deshumanizado hasta decir basta por cada una de sus decisiones, y un Oliver Massuci al que le basta un monólogo para comerse la pantalla.

Una obra dedicada al recuerdo como motor e impulso para la creación, que se vuelve aún más perfecta en lo grandioso de su intimidad, conectada en cada momento a un instante tan preciso como para marcar la vida de una persona de por vida. Una defensa a capa y espada de la identidad. Porque la belleza solo se encuentra en la verdad, y Obra sin autor encuentra dicha verdad en todos y cada uno de sus aspectos, dejando atrás cualquier olvido que pueda generar el tiempo.

Con todos vosotros, la próxima ganadora del Giraldillo de Oro. Acuérdense.

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