Brillante muestra de cine europeo

El cine da forma a los sueños. Roman Polanski decía que el cine «debería hacerte olvidar que estás en una sala de cine». Naturalmente, tamaño reto no está al alcance ni es el objetivo de muchas de las producciones del séptimo arte. En Europa, no obstante, suceden con más frecuencia de lo que parece obras con un gran calado estético, visual y metafórico, que atacan a la fibra más sensible, oculta y personal de la audiencia. Que pueden ser incomprendidas, resultar pesadas e incluso tediosas, pero cuyo valor artístico es innegable. Ése es el caso de Aloys, una cinta suiza, pequeña y lenta en su cotidianidad y desarrollo, pero con un profundo trasfondo poético.

Aloys

Aloys (Georg Friedrich) vive la muerte de su padre con la escasez de ánimo y vitalidad que le ha caracterizado desde siempre. Es un detective que se dedica a grabar a personas, no se sabe hasta qué punto por iniciativa profesional o aburrimiento. Su rutina es sencilla; las personas a su alrededor, idénticas. No disfruta de lo que le rodea ni encuentra motivos para cambiar, con un punto de resignación y melancolía en cada una de sus acciones. Todo esto cambia cuando, tras una borrachera, se queda dormido en un autobús y pierde sus cintas de vídeo. Poco después, una voz femenina lo llama por teléfono. Ha visto el contenido de las cintas y pretende hacerle pagar por violar la intimidad de esas personas. Sin embargo, lo que comienza como una persecución a contrarreloj termina derivando en una relación más introspectiva y personal de lo que parecía.

Cada plano, cada secuencia, cada escena irradia belleza. Y es en ese buen hacer visual donde la película se construye y se empodera. Tobias Nölle ha puesto todo su talento como cineasta al servicio del más profundo respeto al cine y al espectador, a quien no facilita la labor comprensiva en los poco más de 90 minutos que dura la película. De hecho, el montaje despista a propósito, capta esencias que luego rechaza, infunde optimismo para luego caer en la más estrepitosa de las realidades. La construcción del vínculo entre los protagonistas es, también, un arma de doble filo constante, y que no puede valorarse con objetividad. Por un lado, la conexión entre ambos y hasta dónde llega su imaginación es pura magia. Por otro, lo inverosímil y pretencioso que resulta el proceso puede chirriar a más de uno, y con razón.

Aloys

En este punto, las interpretaciones juegan a favor de un desarrollo controvertido, con desenlace aún más enigmático. La química entre Georg Fiedrich y Tilde von Overbeck (quien, por cierto, debuta en Aloys) es francamente sensacional, precisamente por fundamentarse en el entendimiento del Otro, en la resignación, en la creatividad y la imaginación. Comparten escenas verdaderamente poderosas, gracias a una fotografía que actúa como gran responsable del ambiente tétrico, mágico y de ensueño de Aloys. Por contrapartida, es precisamente su frialdad y su creciente inciso en el pesimismo lo que pervierte ese cúmulo positivo de sensaciones. Crecen los sentimientos de los protagonistas, pero sus personajes no evolucionan a la par, se quedan atrás en sí mismos. Una mayor simbiosis entre ser y sentir habría transmitido muchísimo más.

Con todo, Aloys no pretende agradar al gran público. Es el ejemplo típico de cinta de nicho, apta para un tipo muy concreto de audiencia, que disfrute con la metafísica y deje lo verosímil en un segundo plano. No llega a otros exponentes del drama psicológico surrealista, como podrían ser Mulholland Drive o Donnie Darko, precisamente por llevar demasiado lejos sus tesis iniciales. Hay grandes escenas, bellísimos planos y momentos mágicos, propios de un sueño repleto de simbolismo, pero su lírica no llega más lejos, no atrapa ni transmite emociones más allá de  la melancolía y el desánimo.

Director y guionista: Tobias Nölle

Reparto: Georg Fiedrich, Tilde von Overbeck, Kamil Krejcí, Yufei Li, Koi Lee

perroOk

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