Estrenada en el Festival de Sundance de 2016 pero sin pisar siquiera las salas españolas, Indignación fue lanzada directamente al mercado doméstico en nuestro país, con una absoluta falta de promoción. Ahora, más de dos años después, Netflix decide sumar la cinta a su ya enorme catálogo cinematográfico, regalándonos una oportunidad de oro para que muchos descubramos una obra totalmente sobresaliente en su singularidad.

Colaborador y coguionista habitual de Ang Lee en películas como La tormenta de hielo o Tigre y dragón, James Schamus es todo menos un recién llegado a Hollywood. Cofundador y cabeza visible de Focus Features hasta el año 2013, fue Schamus quien le dio la identidad y el prestigio a una productora que acoge entre sus brazos a películas tan representativas de este siglo como son Lost in Translation, Brokeback Mountain, ¡Olvídate de mí! o Moonrise Kingdom.

En Indignación, todo suma

Debutante en la dirección, James Schamus adapta en Indignación la novela homónima de Philip Roth. En ella, ambientada en la década de los cincuenta y con la guerra de Corea resonando de fondo, Marcus Messner (Logan Lerman), rememora el período clave de su vida, entre los desvaríos y rompecabezas provocados por una familia judía, el entorno opresor y casi censurante de una universidad o su propio e incesante crecimiento personal.

Aunque al comenzar podría parecer un ejercicio de plantilla, repleta con todos los habituales lugares comunes del coming-of-age adolescente americano, la obra de Roth, y con ello el guion y la cinta de Schamus, se desvía en seguida del camino, creando todo un sendero propio de intensidad única y conflictos explotados hasta las últimas consecuencias mediante un extraordinario y cuidado aspecto formal. En Indignación, todo suma, acentuando ese aire de trascendencia que la cinta se va ganando con el paso de los minutos. Desde el diseño de vestuario hasta la acogedora fotografía que recrea a la perfección el look cinematográfico de la época entre colores delicados y texturas semigranuladas.

Decidido a sacar la cabeza a flote en un entorno donde todo parece remar en su contra, Marcus nos gana como personaje en sus múltiples empeños por expresarse y razonar, mostrando sus puntos de vista en todas y cada una de las oportunidades que se le presentan, aun cuando rápidamente nos damos cuenta de que sus intentos son en vano. En ese círculo opresivo, frío, cuadriculado y desesperante que conforma Winesburg, la universidad donde ha comenzado sus estudios, sus palabras y pensamientos no encajan, ni pueden encajar.

Sin ningún interés tampoco por hacerlo en el nuevo círculo social de su escuela, negándose a participar en fraternidades y demás pérdidas de tiempo fomentadas a base de pura distracción, será una figura femenina la que comience a vestir de colores pastel un ambiente hasta el momento grisáceo y totalmente desapetecible.

Schamus construye una auténtica set piece de tensión creciente

Sorprendido porque Olivia Hutton (Sarah Gadon) se plantee siquiera gastar su tiempo con él y aún más por el devenir de sus primeras horas juntos, el despertar sexual se sumará a la lista de temas explorados por Indignación. Vista habitualmente en el cine más reciente de David Cronenberg o en la maravillosa e inquietante Enemy de Denis Villeneuve, Sarah Gadon se las apaña para complementar de manera excepcional al personaje de un Logan Lerman dispuesto a demostrar que era algo más que una joven promesa del cine adolescente. Sin falsedad alguna en sus acciones y envuelta por completo en una vulnerabilidad tan frágil como por momentos indestructible, pese a todas esas heridas abiertas de un pasado que ella misma no dudará en esconder, su Olivia se va revelando a lo largo de la cinta como un ancla de humanidad, calma, calidez, e incluso ternura para ese barco a la deriva en que se ve convertido Marcus conforme avanza la historia.

Sin embargo, el momento más aplaudido de la obra llega en una escena a mitad de la cinta, y no pertenece a ese vínculo romántico. Preocupado por la situación y el aislamiento que parece rodear a Marcus, el decano de la facultad (Tracy Letts) lo llama a su despacho. Con cámara fija y a puro golpe de diálogo, Schamus construye una auténtica set piece de tensión creciente, con un decano persistente en su deseo de indagar y un Marcus obligado casi a regañadientes a justificar cada una de sus posturas, desde su desprecio y desinterés por la vida social universitaria hasta sus decisiones religiosas, siendo el culmen de todo ello una incisión punzante en el único ancla que parece sostener el insoportable ecosistema de Marcus: su relación con Olivia.

15 minutos de toma y daca que consiguen meter el dedo en las llagas de nuestro protagonista con cada corte de un montaje perfectamente calculado y efectivo en ese baile de subidas y bajadas que conforma esta montaña rusa de escena, poniéndonos definitivamente del lado de Marcus para todo lo que queda de metraje, y brindándonos una de las mejores (y más desquiciantes) conversaciones que ha dado el cine en los últimos años.

Logan Lerman y Sarah Gadon nos construyen una mirada al pasado

Con precisión quirúrgica en su ritmo y asestando cada golpe dónde y cuándo debe, Indignación se gana por méritos propios todos y cada uno de los halagos recibidos. Una película que deja peso en la memoria: sobria, elegante e incluso repleta de frialdad y contención para muchos. Una frialdad que, sin embargo, James Schamus sabe derretir en los momentos oportunos, ahondando en la humanidad de dos jóvenes igual de rotos pero abiertos a sanarse sus respectivas heridas mediante un vínculo tan repentino como mágico en medio de ese desierto de voluntad emocional que les rodea.

Logan Lerman y Sarah Gadon nos construyen una mirada al pasado tan encantadora como frustrante y dolorosa, desde un presente en el que ya no les queda más que el imposible de un futuro entonces deseado e inalcanzable. Si una cinta tan redonda como Indignación es su puesta de largo, es imposible no salivar pensando en las grandes alegrías que nos pueda deparar esta reconversión en director de James Schamus.

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