Tras estrenarse en la sección World Contemporary del Festival de Toronto, El Reino dirigida por Rodrigo Sorogoyen llegó a las salas españolas hace tres semanas. Con aplauso unánime de público y crítica, el thriller político y social producido con el apoyo de Atresmedia y distribuido por Warner Bros Pictures España no ha supuesto precisamente el éxito de taquilla que se esperaba (lleva recaudados poco más de 900.000 euros).

Visto el interés que nos ha generado personalmente el proyecto y la constante conversación sobre su condición de favorita para los próximos premios Goya, que recordemos se celebrarán este año en la ciudad de Sevilla; desde Moobys nos sumamos para apoyar a una de las grandes cintas de la temporada. Aquí van nuestras 5 razones por las que no podéis dejar pasar la oportunidad de disfrutar con uno de los retratos más certeros de la sociedad española.

El guión: Sorogoyen y Peña, desatados

Si algo convierte a El Reino en un retrato casi perfecto de ese castillo de naipes inderribable que es el Sistema (sí, con mayúscula), eso es su guión. Firmado a cuatro manos por Isabel Peña y Rodrigo Sorogoyen, supone el tercer trabajo en equipo de ambos tras Stockholm (debut además en solitario de Sorogoyen como director) y el thriller Que Dios nos perdone.

El Reino vuelve a demostrar, con más precisión e intensidad que nunca, lo mucho que les gustan a Sorogoyen y Peña esos juegos del ratón y el gato, con personajes jugueteando al borde del precipicio en constante búsqueda de acción.

el Reino Rodrigo Sorogoyen

Ese clima de inestabilidad es traído al plano social y económico

En Stockholm lo llevaban al plano amoroso, con el flirteo insistente de ida y vuelta que protagonizaban Aura Garrido y Javier Pereira, primero por las calles de Madrid y luego entre las cuatro paredes de un piso que encuadraba el maravilloso giro tonal de la película en su segunda mitad, cambiando la noche por el día. En Que Dios nos perdone era esa persecución propia de un thriller policial puro, en busca de un asesino en serie por el centro de una Madrid en plena visita del Papa Benedicto XVI paseándose de fondo. En El Reino, ese clima de inestabilidad es traído al plano social y económico, con un político corrupto decidido a llevarse a todos los demás consigo en ese descenso a los infiernos.

Tampoco se olvida el guión de retratar (aunque sea a base de pinceladas) el ámbito familiar y humano del protagonista, enseñándonos los daños colaterales que genera lo sucedido en su entorno más cercano, con su mujer e hija en constante plano secundario, recordándonos que esto no es una cinta de blancos y negros. Como sucede con la corrupción y sus efectos en la sociedad, aquí todo tiene consecuencias directas e incluso emocionales para los demás, aunque a simple vista no las veamos. Lo que unos roban, todos lo pagan.

El reparto: De La Torre, Lennie y Zahera

Presente en todas las escenas de la película, Antonio de la Torre es la punta de lanza de El Reino. Sin él, no hay película. Sorogoyen ha encontrado en el andaluz el perfecto rostro del «español medio», como reconocía en algunas entrevistas. Tras ver la cinta, resulta imposible no caer rendidos a su trabajo. De la Torre firma el que probablemente sea su mejor papel hasta la fecha, dándole vida a un protagonista testarudo y hasta kamikaze en su viaje de redención para sacar a la luz todos los trapos sucios de su partido, empeñado en derribar la casa, desde los cimientos hasta el tejado.

Luis Zahera nos regala una de las escenas más excéntricas del año para el cine patrio

Entiendo que al hablar de El Reino, toda la atención se vaya a centrar en la actuación de Antonio de la Torre, pero el trabajo del resto del reparto no se queda corto. Bárbara Lennie demuestra una vez más (ahora en un papel secundario) que es la actriz española de referencia en el panorama actual, dibujando una periodista tenaz, persistente e incansable. Luis Zahera, por su parte, nos regala una de las escenas más excéntricas del año para el cine patrio. Josep María Pou se mete en la piel de una suerte de patriarca familiar de la corrupción política, con actitud calmada y manejando los hilos desde la sombra. La anécdota de la cinta la protagoniza Paco Revilla, padre de Rodrigo Sorogoyen pese a que su apellido artístico nos despiste.

Queda bastante aún para esa cita con los Goya del 2 de febrero, pero complicado será que el reparto de El Reino no acapare algún que otro premio durante la noche, de manera totalmente merecida.

El retrato de la sociedad española

En El Reino, los palos se reparten en todas direcciones, sin importar a quién pueda pillar por medio. Ni políticos, ni prensa, ni ciudadanos de a pie quedan libres de ese individualismo corrupto, interesado y egoísta que parece mover los hilos de un país impulsado tanto a base de billetes como de cuantas traiciones sean necesarias para mantener los culos en unos sillones que cuanto más queman, más gusto generan.

Peña y Sorogoyen se las apañan para sacarle las tripas al sistema español, aireando las vergüenzas de cada uno de sus estamentos con la suficiente elegancia como para no convertir la cinta en una caricatura de un partido político concreto, habiendo guiños para todos, desde la costa valenciana hasta algún que otro sospechoso acento andaluz.

El pulso de Rodrigo Sorogoyen

Que Rodrigo Sorogoyen era una de las miradas a las que tener en cuenta de cara al cine español de los próximos años quedaba claro desde la singularidad de su debut en Stockholm. Que era capaz de construir un relato más complejo y ambicioso, tanto a nivel de producción como de guión, lo pudimos comprobar en Que Dios nos perdone. Pero es en El Reino donde de verdad nos convence de que su pulso a la hora de rodar es dinamita pura.

Alberto del Campo en un trabajo de montaje sublime que se convierte en pilar indispensable para engrandecer el trabajo de dirección

Desde la secuencia inicial donde nos presenta a los personajes cámara en mano, poniendo una mirada temblorosa y caótica en el entusiasmo de unos corruptos que se saben protegidos; Sorogoyen no deja caer en ningún momento el ritmo visual de la película. Se apoya para ello en dos de sus colaboradores habituales: Alejandro de Pablo en la dirección de fotografía y Alberto del Campo en un trabajo de montaje sublime que se convierte en pilar indispensable para engrandecer el trabajo de dirección. Con la tensión creciente y la regularidad por bandera, la cinta va de menos a más, dejándonos por el camino escenas para el recuerdo (esa fiesta casera en Andorra es escandalosamente disfrutable).

Con dos nominaciones como director a los Goya ya en su haber (una de ellas a Mejor Dirección novel), y a esperas de comprobar lo realizado por otros favoritos como Carlos Vermut, no es ningún disparate colocar a Rodrigo Sorogoyen a la cabeza en la pelea por el premio a Mejor Dirección. Un ejemplo más de que a la tercera puede ir la vencida.

el reino

Su recta final: el arte de saber cortar a tiempo.

Hace poco, visionando In The Fade (una película alemana dirigida por Fatih Akin y protagonizada por Diane Kruger) volvía a ser consciente de lo complicado que resulta clavar un final de película. En ella se demuestra cómo a veces un minuto de más, hace que esa pirueta visual y narrativa que creías perfecta, termina por restar peso a la historia.

Unos últimos minutos sin grandes destellos visuales, dejándole el protagonismo por completo al guión

Sin entrar en spoilers, Rodrigo Sorogoyen no solo consigue clavar dicho desenlace, sino que además lo hace de tal manera que el espectador queda sorprendido por lo abrupto del corte, y a la vez reflexivo con el mensaje que la cinta busca transmitir a lo largo de sus dos horas. Queda aún más subrayado en unos últimos minutos sin grandes destellos visuales, dejándole el protagonismo por completo al guion, con la comunicación y el poder de la palabra como protagonistas en un duelo dialéctico memorable. La guinda de un pastel ya de por sí delicioso.

Un final que nos reafirma de manera tajante ese discurso latente con el que parece cargar la película desde su propia existencia: en España, las cosas no van a cambiar absolutamente nada, y gran parte de la culpa reside en cada uno de sus ciudadanos. Una radiografía perfecta de ese paciente enfermo que forma este sistema establecido, eterno e imbatible.

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