Pieles rosas…

Pieles deformes, pieles que sueñan, pieles inversas, pieles que buscan, pieles que aceptan, pieles que aman, pieles que odian, pieles que luchan, pieles que temen… Pieles que viven.

El cine Artistic Metropol de Madrid ya colgaba el cartel de entradas agotadas en su estreno, ofreciendo una sesión adicional de la opera prima de Eduardo Casanova. La intranquilidad en la sala se notaba: ¿Qué coño vamos a ver? Esa es la sensación que tienes a la hora de sentarte frente al abismo cinematográfico de Casanova (y sobretodo si ya vienes entrenado de sus anteriores cortometrajes).

Pieles
Ana Polvorosa en el papel de Samantha

Pieles es un experimento en toda regla. Es una terapia de choque a nuestra moral y a nuestra sociedad. Su estética, valiente y transgresora, tiene un aura pictórica que nos recuerda en ocasiones a cuadros de Lucian Freud, donde lo feo y lo grotesco se vuelve bello. El film gira en torno a varias historias que tienen conexión entre sí. Son personajes perdidos, que reconocen su identidad pero no encuentran su sitio en un mundo donde el físico es el primer examen de aceptación. Una Ana Polvorosa con cara de culo (literalmente), quizá no hubiera sido actriz. O un Jon Kortajarena con la cara quemada no hubiera sido modelo, y ahí es donde entra la moral de la película. Gente que sueña con ser y lo son, pero no les dejan ser. Casanova consigue que la deformidad realmente se encuentre en la sociedad y no en los personajes en sí. Nos crea un mosaico de varias vidas que en el fondo no se retratan a ellas mismas, sino a nosotros como espectadores. El «escaparatismo» social aleja a estos individuos de un mundo que se mueve en otra dirección, encontrando la salida en la resignación o incluso en el suicidio.

La estética del film cuida todos los detalles. Cada estancia, escena y encuadre está pensado para encontrar el equilibrio artístico que rompe claramente con los cánones del cine español. Personajes con obesidad y otros con acondroplasia. Mujeres y tetas, hombres y penes. Bragas en la boca y culos en la cara. Todos estos elementos que no se esconden en ningún momento, trazan la armonía y belleza plasmada por Casanova, un cine que marca una nueva vanguardia. Cuando sales de ver Pieles, sales con una sensación un tanto extraña. Sientes que hay cosas que se te escapan y  que siguen escondidas tras el film. Es una película con tantos detalles, que sientes que necesitas verla dos veces para rozar al menos la esencia que plasma. Es una nueva forma de ver cine.

Polémica en las redes

Eduardo Casanova visitó el programa El Hormiguero el pasado 5 de junio, y las redes no tardaron en explotar haciendo un sinfín de comentarios a favor y en contra de su película. Es obvio que es una película polémica, pero no por la película en sí, sino porque la sociedad establece un baremo invisible de lo que está bien enseñar y lo que no. Una mujer 90-60-90 tiene autorización para mostrar un pecho. Una mujer con más de 100 kilos desnuda… parece que no es lo mismo. Y si hablamos de censura, incluso Instagram se opuso a publicar el cartel de Pieles. Lo mejor de todo esto es que lo que nos cuenta la película se hace real en la respuesta del público. Los personajes de Pieles son rechazados sin encontrar su sitio y su identidad personal. Y con la película pasa lo mismo. Todavía hay gente que no está preparada para este tipo de películas, y eso es lo mejor de todo. Demostrar a través del cine cómo algo que se cuenta es tan real (o peor) que la ficción.

La película no busca la aceptación del público. Pieles te busca a ti. Y tú mismo te encuentras frente a sus personajes, tragando saliva y sintiendo cierta incomodidad frente a la inocencia que esconden sus cuerpos.

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