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El cine español.

Hablar del cine español supone levantar ampollas (o reventarlas). Uno es susceptible de ser tachado de anti-español o de excesivamente español a partes iguales, aunque ello suponga entrar en la paradoja de la contradicción. No soy un gran apasionado del cine español y, si todavía no has cerrado este artículo, te diré que no lo soy por dos razones: porque suele imitar fórmulas ya vistas, por lo que está exento de toda innovación, y porque genera expectativas desorbitadas que nada tienen que ver con el resultado final.

En busca del taquillazo fácil.

Si algo funciona en la gran pantalla en algún punto del planeta, la industria cinematográfica española lo adaptará rápidamente para atraer grandes masas de público a las salas. Esto no es algo nuevo, Hollywood lleva haciéndolo durante años con remakes, reboots y demás, pero ¿es realmente rentable este tipo de cine? Nadie duda de que Ocho apellidos vascos, la cinta de 2014 del director Emilio Martínez-Lázaro, fuera un contundente éxito de taquilla para nuestro cine, pero no deja de ser una españolización de la rompedora comedia francesa Bienvenidos al Norte dirigida y protagonizada por el actor Dany Boon y que, en el año 2008, se convirtió en un fenómeno de masas en Francia.

Es una constante habitual encontrar estos fenómenos en nuestro cine (y en toda la industria cinematográfica mundial) pero deberíamos primar la originalidad por encima de cualquier otro factor. Un ejemplo del enorme talento que se mantiene a la espera en nuestra industria, es el éxito mundial de la serie de TVE El ministerio del tiempo. Los directores de la ficción, Javier y Pablo Olivares, construyen un potente y original producto que atrae al espectador (algo indiscutible) y que es copiado descaradamente por los norteamericanos en la serie Timeless de Neil Marshall (Centurión).

Este es, desde mi punto de vista, uno de los males del cine español. El cine mundial puede seguir los caminos que le parezcan oportunos mientras que nuestro cine debería buscar nuevas rutas para desarrollar las miles de ideas que no llegan a la gran pantalla.

La nada disfrazada de plenitud.

Otro curioso fenómeno del cine español es que, dos o tres veces al año, siempre aparece el gran taquillazo de nuestro cine. Los grandes medios de comunicación que producen este tipo de películas, están constantemente recordándonos lo buenas que son y que tenemos que ir inmediatamente a verla (véase Telecinco con Un monstruo viene a verme). Algo que, generalmente, suele estar muy alejado de la realidad dado que este tipo de producciones dejan mucho que desear.

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A lo largo de los últimos años han destacado la ya mencionada Ocho apellidos vascos, Lo imposible de Juan Antonio Bayona, El niño de Daniel Monzón, La isla mínima de Alberto Rodríguez o Regresión de Alejandro Amenábar. Todas ellas, entre otras muchas otras, levantaron una gran expectación que, en mayor o menor medida, no han sabido cumplir.

Lo único destacable de Ocho apellidos vascos es el actor Karra Elejalde, que le roba todo el protagonismo a un Dani Rovira descafeinado en una película al más puro estilo Aquí no hay quien viva. Su éxito derivaría en Ocho apellidos catalanes, la innecesaria secuela que se volvería a convertir en un nuevo éxito con los mismos chistes y la misma falta de estilo.

Jesús Castro es el joven actor español que se presentaba como una de las grandes promesas de nuestro cine. Físicamente es un enorme filón para la gran y la pequeña pantalla, pero sus dotes actorales dejan mucho que desear. Gracias a su interpretación consiguió que El niño, la cinta de Daniel Monzón, se convirtiera en un doloroso tedio para los amantes del cine. Una pena, porque la película de Monzón tenía todos los elementos para convertirse en una gran producción española. Todo perfecto salvo su protagonista.

El director Alberto Rodríguez trató de hacer algo diferente con La isla mínima. Magistralmente dirigida, la cinta peca de grandilocuencia hasta el extremo de llegar a aburrir al espectador. Los personajes están bien construidos gracias a los mejores actores del cine español pero la dirección puede hacerse pesada. Comparar la cinta de Rodríguez con la serie de Nic Pizzolatto y Cary Joji Fukunaga, True Detective, es inevitable pero, ahí donde la serie de la HBO daba en el clavo, La isla mínima flaquea y aburre.

Regresión y Lo imposible siguen un patrón similar. Ambos director, Bayona y Amenábar, son mundialmente reconocidos por su trabajo y por su espectacular trayectoria pero, con Lo imposible Bayona pecó de sensiblero, y para Regresión Amenábar llegaba algo tarde. Los efectos de la odisea de Bayona son brillantes y su dirección es sobresaliente en una historia que aburre y que busca la lágrima fácil del espectador, algo que puede cabrear al público. Regresión es una ágil cinta de terror edulcorado que no consigue destacar porque llega unos años tarde y, lo que hace Amenábar, ya se ha hecho punto por punto antes (véase la película Mindscape, del español Jorge Dorado).

La grandeza pasa de puntillas.

Pero detrás de las películas que siguen una gran campaña de marketing y que, en la mayoría de las ocasiones, decepcionan al público, pasan desapercibidas una gran cantidad de pequeñas obras maestras que sí que representan lo que debería ser nuestro cine.

Alex de la Iglesia es uno de nuestros grandes directores y en todas sus películas busca la innovación, aunque mantenga unos estándares generales. Sus dos últimas películas, Las brujas de Zugarramurdi, en la que es imposible no amar al titánico reparto, y Mi gran noche, son dos ágiles comedias que salen de los esquemas clásicos de la comedia española. Ambas son grandes películas en las que brillan con luz propia todos y cada uno de los actores. Dos joyas de la comedia que han quedado eclipsadas por la exitosa y repetitiva fórmula de los apellidos vascos y catalanes.

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Si hay un actor que debería destacar por sus dotes actorales, ese es Antonio de la Torre, el camaleónico y polifacético maestro que nos ha dejado un puñado de magistrales interpretaciones, como en la espléndida Grupo 7 de Alberto Rodríguez, con un inigualable Mario Casas; en Tarde para la ira, el prometedor debut como director del actor Raúl Arevalo; o en Que Dios nos perdone, el inteligentísimo thriller policiaco de Rodrigo Sorogoyen. Tres películas en las que Antonio de la Torre demuestra que es el gran actor del cine español y que son tres grandes ejemplos de lo que debería ser nuestro cine.

Por último hay cuatro maravillosas películas que han pasado desapercibidas para un público sobreexpuesto a los grandes y prescindibles taquillazos. Alacrán enamorado, la película de Santiago Zannou que revisa a Romeo y Julieta con una buena dosis de realidad; la estremecedora Musarañas de Juanfer Andrés y Esteban Roel, al más puro estilo Alex de la Iglesia y sin nada que envidiarle al último Amenábar; El desconocido, el sorprendente thriller de Dani de la Torre con los grandes Luis Tosar y Javier Gutiérrez; y la divertidísima opera prima de Paco León, Carmina o Revienta.

Todas estas grandes películas de nuestro cine pasan injustamente desapercibidas por las cintas que buscan el taquillazo fácil, estilo Torrente. En España se hace buen cine pero, desgraciadamente, nadie habla de él.

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